Comienzos de películas (II)

En la entrada anterior introduje la idea de estas notas: se trata simplemente de enumerar una serie de comienzos de películas que considero dignos de mención por su belleza o por el impacto que generaron en mí las veces que tuve ocasión de verlos. Dado que no siempre uno se conmueve o siente una profunda emoción en el mismo instante (o en los primeros minutos) en que comienza una película, y considerando que estos comienzos extraordinarios suelen ser piezas en sí mismas, como una pintura que prologara a la obra completa, me resulta del todo relevante compartir estas líneas.

Hay un director que no puede quedar afuera cuando de obras  dentro de obras se trata. En efecto, el director alemán Werner Herzog se ha caracterizado -y lo sigue haciendo- por crear largometrajes que son como novelas magistralmente narradas y como pinturas exquisitamente compuestas. Combinación ciertamente rara en el mundo del cine, donde narración e imagen muchas veces operan en escalas diferenciadas, pesando más una que la otra (acaso la perfecta articulación entre ambas es lo que define, en parte, a las grandes obras del cine universal).

Como pinceladas con las cuotas justas de realismo y alegoría, las secuencias de los films de Herzog son umbrales a través de los cuales la imagen, lo visual, refracta una belleza estremecedora, enriquecida por el uso inteligente del sonido, sea ambiente o melodía, y por el dramatismo tragicómico de los personajes.

El comienzo de la adaptación realizada en 1979 por Herzog de Woyzeck, la famosa obra teatral decimonónica escrita por el dramaturgo alemán Georg Büchner, reúne algunas de las características recién mencionadas. Un primer acercamiento espacial, claro ejemplo del ojo de Herzog para los paisajes como pinturas en secuencias, conduce de a poco, con la guía de la música, a una aproximación a la vida urbana y, finalmente, a su personaje principal, el sufrido soldado Woyzeck y su miserable condición de hombre pobre, subordinado, incomprendido y maltratado.

Aquí, como en otras películas de Herzog, el genio indiscutible de Klaus Kinski, un actor sanguíneamente teatral, es capaz de expresar toda la tragedia del personaje (en este caso el soldado Woyzeck), con tan sólo sus gestos corporales y las expresiones de su rostro. Así, la historia del soldado que, despreciado por su propia condición de hombre pobre y subordinado, y agobiado por la presión y la humillación tanto de sus superiores como de una mujer, termina volviéndose loco (o liberándose) y comete aquel acto que da origen al subtítulo de la versión castellana del film (Poesía de un asesinato), queda resumida en estos cuatro primeros minutos de la película como si de una pintura de Goya se tratara.

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