Comienzos de películas (III)

Existe una película que se destaca no sólo por ser la que definió el estilo y el futuro cinematográfico de su director y su vinculación con dos actores que pasarían a ser sus fetiches durante mucho tiempo, sino también por su apertura, que para la época del estreno tenía mucho de novedoso.

Me refiero a Calles salvajes (Mean Streets, 1973) de Martin Scorsese. La película narra la historia de Charlie (Harvey Keitel), un joven italoamericano que trabaja para su tío  (Cesare Danova) cobrando deudas en la Pequeña Italia de Manhattan, en un mundo donde la violencia y los negocios turbios son la nota dominante. Charlie se ve a lo largo de la película atormentado por un incierto futuro, debatiéndose internamente entre sus posibilidades de ascenso en la mafia y sus convicciones católicas, y debiendo ocultar su relación con Teresa (Amy Robinson), una joven que por padecer epilepsia es objeto del rechazo de su tío y de su entorno. Acaso como parte de la cruz que debe cargar para pagar sus culpas, Charlie toma a su cuidado a Johnny Boy (Robert DeNiro), un joven callejero, revoltoso e irresponsable que no hace otra cosa que endeudarse con miembros de la mafia y meterse en problemas y con quien Charlie comparte una sincera amistad.

En este film, el director introduce una serie de elementos narrativos y estéticos que caracterizarán a su obra posterior y serán su sello hasta la actualidad: violencia de bandas explícitamente retratada, personajes atormentados por sus propias culpas, la religión como problema social e individual, secuencias de imágenes que parecerían visualizar la música antes que ser musicalizadas por la banda de sonido, inteligentes contrastes psicológicos entre los personajes, y el uso de un lenguaje cuidadosamente basado en el slang callejero neoyorquino.

Esta película supone además el inicio de una larga relación fílmica entre Scorsese y quienes devendrían sus actores fetiches, principalmente Harvey Keitel, pero también Robert DeNiro, cuyo personaje de Johnny Boy es memorable no sólo por la interpretación propiamente dicha, sino por su entrada, caminando hacia la barra abrazado a dos chicas, al ritmo de Jumpin’ Jack Flash de los Rolling Stones.

En lo que respecta al comienzo del film, merece ser destacado por su contundencia y por el modo en que nos abre la puerta hacia el mundo interior de Charlie, hacia sus dudas, sus miedos, sus angustias y sus luchas personales. Finalmente, un repaso por fragmentos relevantes de su vida proyectados en Super 8, con música de las Ronettes (Be my baby), acompaña a los créditos y hace de puente hacia lo que será el resto de la película.

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