Kovalivker-Boim-Muslera Pinturas (El Serpa, junio 2011)

El viernes 17 de junio, Anita salía de su clase de italiano alrededor de las seis de la tarde. A esa hora yo estaba todavía en mi casa resolviendo unos asuntos burocráticos por internet y escuchando un disco de Durutti Column. A las siete de la tarde sonó el celular. Se me cayó cuando lo quise agarrar y una parte voló por los aires. Estuve no menos de diez minutos tratando de hacerlo funcionar. Cuando encendió, leí el mensaje de Anita: “Avisame si llegás antes xq yo ya estoy en zona”.

“Estoy saliendo”, le contesté. Ni siquiera sabía si tenía monedas para el bondi. Logré juntar un peso cincuenta buscando en bolsillos de camperas y pantalones. Calcé el bolso y salí disparado. En el camino, compré una carilina con un billete arrugadísimo de dos pesos (Mitre parecía haber sufrido una poco favorable cirugía estética) y obtuve así el otro peso que me faltaba para la vuelta.

El viaje fue rápido.

“Estoy bajando en Scalab y Corrientes”, le escribí a Anita desde un asiento trasero del bondi 76. En rigor, aún me faltaban dos cuadras para llegar. Como no podía ser de otro modo, en esas dos cuadras el tránsito se tornó algo trabado y el bondi tardó bastante en llegar a la parada. Anita ya me había contestado que estaba a media cuadra sobre Corrientes, haciendo tiempo. Cuando logré bajar y crucé Scalabrini, la vi discutiendo con un militante que repartía catálogos promocionando los productos electorales del momento. El último grito de la moda, pensé. Me reuní con ella e iniciamos el recorrido final hacia el tan querido Serpa.

Escena del tríptico "Años" de Carlos Muslera

Eran tan sólo las ocho de la noche de un viernes y sin embargo el Serpa estaba repleto de gente. Algunos vasos llenos, otros vacíos, otros medio llenos o medio vacíos (qué diría algún gurú de la autoayuda). Mientras agarraba el mío (lleno, claro) me sorprendí de la capacidad de convocatoria de una muestra de arte.

Con cierta dificultad, eludiendo codos y camperas que sobresalían de las personas, pude alcanzar a Anita que se me escapaba. Había empezado el recorrido por la muestra siguiendo el sentido contrario a las agujas del reloj y al orden que parecía haber sido planificado por los tres expositores. Por supuesto, la seguí.

"Evaristo", de Carlos Muslera

Esta vez, cada pared (o cada sector, dado que algunas paredes tienen sus “extensiones” en fragmentos de paredes adyacentes) estaba dedicada a un artista. La primera que vimos con Anita era la correspondiente a Carlos Muslera. Impactantes óleos sobre tabla que reproducían imágenes fotográficas de lo cotidiano, como una visita guiada a la vida de uno mismo. Un subte hacía un recorrido que a nosotros se nos presentó inverso, y que seguramente cobró un significado nuevo, la realidad puesta patas arriba, la desaceleración del tiempo. El llamativo uso del relieve sobre la obra operaba como un imán que obligaba a mirar de cerca y a enfrentarnos con nuestra propia existencia. Su serie “Evaristo” también parecía remover los cimientos de quien la apreciaba (mientras que el título, no lo pude evitar, me remitió a la obra dibujada por el gran Francisco Solano López, por cuya salud seguimos haciendo fuerza).

El sector dedicado a Alejandro Boim presentaba obras con fondos celestes y figuras cargadas de simbolismo. Acaso porque me dejaron pensando tanto es que puedo decir tan poco. Es como si ilustraran esos sueños perturbadores que uno tiene cuando le sube la temperatura. No me hubiera sorprendido ver mi rostro dibujado sobre el cuello de uno de los personajes retratados. Me hubiera muerto de miedo, eso sí.

Obra de Alejandro Boim expuesta en el Serpa

Mi vaso estaba ya medio vacío cuando con Anita pasamos a la última (originalmente, primera) parte de la muestra. La obra de Sonia Kovalivker.

En los parlantes sonaba Yann Tiersen y en las paredes colgaban unos óleos que parecían recién barnizados y que pretendían, no ya jugar con la luz, sino pintarla, donde todo lo demás no parecía sino una excusa para realzar el propio espectro de luz. Unos misteriosos personajes ensombrecidos resultaban así unos míseros seres cuya existencia parecía ser el capricho de un soñador a quien sólo le interesaba definir la iluminación; el fuego, como en aquel cuento de Borges.

La galería seguía repleta. Para descongestionar un poco, nos fuimos al atelier del fondo donde mi amigo el Cholo hablaba con Maxi, un caricaturista que había cursado el secundario en la misma escuela que nosotros pero en otro curso. Una vez que comprendí que su cara la recordaba de aquellas gloriosas épocas juveniles y no de otros eventos más actuales, se me vinieron a la mente esas impresionantes ilustraciones de personajes ignotos y famosos cuyos rasgos eran exacerbados y sus identidades permanecían intactas. Una de esas habilidades que le hacen a uno preguntarse cuál es el límite entre la técnica y alguna otra cosa que podría llamarse talento pero también inquietud o persistencia.

Entre charlas y saludos y Anita escapándose para volver a ver la muestra una y otra vez, el tiempo se desaceleró y la intensidad reemplazó a la velocidad. Los expositores seguían compartiendo su arte con los asistentes y nosotros seguíamos intercambiando apreciaciones y experiencias. De algún modo, no nos sentíamos seres ensombrecidos cuya misión era dar entidad a la luz. Quizás nos engañábamos. O quizás estábamos luchando contra eso, asistiendo a una muestra de arte un viernes de junio por la noche. Discutiendo sobre el arte plástico, sobre la música y sobre lo independiente. Y también sobre la madurez que trae nuevas perspectivas pero a la vez nuevos impulsos de libertad, como pensábamos con el Cholo y con Mariano, uno de los alumnos del Serpa.

Antes de ir a comer unas empanadas de jamón y queso con agua saborizada al bolichito de la esquina, lanzamos con Anita una última mirada a la galería.

Mientras observábamos esas tablas y lienzos cubiertos de pintura, releímos la consigna de la muestra, presente en la columna central del Serpa pero también en las postales distribuidas entre los asistentes. “La pintura ha muerto, nos encanta el olor a podrido”. Y ciertamente era pestilencia lo que se respiraba en el Serpa aquella jornada. El hedor del recolector de residuos que trasluce mundo y experiencia. Que trabaja sobre lo que se tira y produce sobre los despojos. Nada más satisfactorio. Como clamaba Buenaventura Durruti:

No nos dan miedo las ruinas porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones.

SONIA KOVALIVKER ALEJANDRO BOIM CARLOS MUSLERA
PINTURAS

Viernes 17 al jueves 30 de junio de 2011
Lunes a Viernes de 14 a 20:30 hs.
Sábados de 16:30 a 21 hs.
EL SERPA espacio de arte – Julián Álvarez 425
Entrada libre y gratuita

El Serpa: blog y facebook

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2 respuestas a Kovalivker-Boim-Muslera Pinturas (El Serpa, junio 2011)

  1. ana-laura dijo:

    Ciertamente una jornada bulliciosa, caminada y compartida de principio a fin. Charlas animadas sobre sabores, colores, sonidos, y la infaltable madeja de asuntos cotidianos.
    Todo se disfruta más en compañía de un amigo…
    Buenísimo.

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