Sentir. Muestra de fotografía. Nicolás Mendoza y Nahuel Alfonso (El Serpa, julio 2011)

La fotografía es una de las artes más controvertidas y contradictorias. Antes de la fotografía no existía la posibilidad de hacer arte a partir de una imagen capturada directamente desde lo que tentativamente podríamos llamar “realidad”. No por eso, sin embargo, la fotografía es un simple reflejo de esa realidad, pues la obra fotográfica es una realidad en sí, o una realidad con el todo (en el ideal poético del loco y lúcido Hölderlin). Es una captura muy personal, pero también una creación, cuyos insumos son las situaciones u objetos o personas o gestos ante los cuales se posiciona el fotógrafo, y cuyas herramientas son la cámara, la iluminación y todos los dispositivos de obturación, revelado y ampliación.

Si uno lo piensa, no siempre es tan evidente la diferencia con la pintura. Si conviven la técnica como lenguaje y la sensibilidad como motor, la fotografía tiene más de creación que de registro. Y eso se nota en efecto cuando uno compara una fotografía tomada con fines de mero registro y una obra creada por el fotógrafo con fines de exploración.

Si uno lo piensa nuevamente, un paisaje natural, obra dada por excelencia, producto de la naturaleza, puede ser registrado (recuerdo de mis vacaciones) o puede ser creado (la obra de Ansel Adams). No es una cuestión de genialidad o superioridad o nada que se le parezca. Son usos distintos de un mismo dispositivo, como quien utiliza la palabra escrita para redactar un informe de investigación y quien lo hace para escribir poesía.

Estas divagaciones al compás de una copa de vino me sirven para introducir lo que viví en la muestra que se inauguró el viernes 1 de julio en el Serpa. Sentir es el título y presenta la obra fotográfica de Nicolás Mendoza (Pichuqui), miembro del grupo Persistencia, y Nahuel Alfonso, con la labor de Carlos Bosch como editor.

Foto tomada la noche de la inauguración

A las 20:30 llegué a Julián Álvarez, venciendo al frío invernal, y me detuve a mirar a través del enorme ventanal que comunica la calle con el interior del Serpa. Recordé cuando uno de los artistas del lugar reflexionó sobre lo incorrecto de hablar de horarios de apertura y de cierre, porque después de todo el Serpa es un espacio de arte, no sólo abierto para el afuera, sino abierto al afuera, como si la puerta de entrada comunicara al exterior más que al interior. El gran ventanal siempre fue como un síntoma de esa relación estrecha e inevitable entre el arte y la sociedad, ninguno de los cuales existe sin el otro porque son realmente uno.

Tras tomar una fotografía mental de la galería a través del ventanal, saludé a Pichuqui que estaba junto a la puerta y entré.

Esta vez, la galería no estaba vestida de colores vivos y relieves, pero los grises, blancos y negros que la gobernaban estaban lejos de insinuar algún tipo de carencia.

En las paredes, cerca de veinte ampliaciones de fotografías en blanco y negro tomadas por los artífices de la muestra, parecían reproducir el mismo tipo de comunicación entre el adentro y el afuera, el arte y la sociedad, que manifestaba el ventanal del Serpa.

A lo largo de la extensa pared lateral de ladrillos, el sentir de Mendoza se presentaba como la captura, más bien diría la liberación, de momentos de la vida, como latidos de una ciudad, sus personas, sus lugares y sus animales. Todo ello consagrado por un sacro bautismo de espontaneidad. El diálogo de las miradas (humanas y animales) y la profundidad de los espacios (en medio del opresivo paisaje urbano) provocan una sensación de atemporalidad, como si uno comprendiera en ese instante aquello que había reflexionado Cortázar: “nunca se me había ocurrido pensar que cuando miramos una foto de frente, los ojos repiten exactamente la posición y la visión del objetivo”. Ahí es cuando el artista y quien contempla su obra se comunican y comparten una misma experiencia, una creación antecedida por la existencia futura (prevista y necesaria) del espectador.

Esto último se desprende también de lo que viví al observar las obras de Nahuel Alfonso, dispuestas en las paredes opuestas y centradas mayormente en transmitir las vidas e historias de los habitantes de Ciudad Oculta (barrio en el cual trabaja la Fundación ph15 de la cual Alfonso es parte). El artista prioriza a menudo el contacto visual como modo de establecer nuevamente la comunicación entre el sentir de quienes son fotografiados y el de quien crea la fotografía, quien a su vez hace de intermediario con el sentir del espectador (en este caso, yo).

Entre el despliegue de personas paseando por la galería, incluyendo a los artistas expositores que se embarcaban en amistosas charlas con colegas y visitantes, la síncopa de un jazz (Vivant Quartet, me aclararía Nicolás Guardiola) daba aún más espíritu a la jornada.

Recorrí la muestra varias veces, alternando con visitas al patio (ese jardín eléctrico al que pareciera cantarle Katarro Vandáliko), e intercambié saludos con los miembros del grupo Persistencia, esos serpianos que dieron vida en medio de la muerte, que comunicaron en medio del hermetismo y que hicieron arte allí donde el dinero se empecina en abarcarlo todo. La batalla no está ganada, pensé, pero mientras Matuco siga desempolvando vinilos de La Pesada, Juan Manuel siga evocando a Roberto Arlt, el Cholo siga recitando poesías de Miguel Abuelo y de Homero Expósito y Nico Guardiola siga recobrando ese arrebato contra el academicismo que es el jazz, la realidad todavía puede ser arte y el arte un camino. La pintura y la fotografía que este grupo moviliza no hacen sino sintetizar exactamente eso. Un oficio que se da el hombre con un objetivo de libertad, objetivo que sólo puede ser alcanzado mediante un camino igualmente de libertad, como nos enseñara Haroldo Conti. El arte, pues, como el modo de expresar e intercambiar libremente sentires.

Foto tomada la noche de la inauguración

Esa noche caminé hasta la parada del 76 silbando bajito, con las manos en los bolsillos de la campera y exhalando fantasmas por la boca y la nariz. Las palabras de Minor White, reproducidas en la postal de la muestra, me volvieron a la cabeza. Como un desconocido que te convida fuego o te acepta una moneda, sentí a White repetirme: “El fotógrafo se proyecta en todo lo que ve, identificándose con todo para poder conocerlo y sentirlo mejor”. Como si esperara que le devolviera o contestara algo, se quedó allí mientras yo seguía caminando. Cuando lo perdí de vista, supe que él no me había perdido de vista a mí. Invisible, el fotógrafo que era White y todos los fotógrafos estaba observándome, conociéndome, sintiéndome.

SENTIR
MUESTRA DE FOTOGRAFÍA
NICOLÁS MENDOZA Y NAHUEL ALFONSO

Desde el viernes 1 de julio de 2011

EL SERPA espacio de arte – Julián Álvarez 425
Entrada libre y gratuita

El Serpa: blog y facebook
Nicolás Mendoza: flickr
Nahuel Alfonso: blog

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Una respuesta a Sentir. Muestra de fotografía. Nicolás Mendoza y Nahuel Alfonso (El Serpa, julio 2011)

  1. ana-laura dijo:

    Las paredes desnudas cobran vida.-
    Genial, beso.

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