Muestra grupal de pintura. 5 años del Serpa y despedida de Villa Crespo (El Serpa, agosto 2011)

El viernes 12 de agosto fue ciertamente raro. Fuertes lluvias durante la tarde lamentaban la muerte de Francisco Solano López, recordándome aquella lluviosa mañana de mayo en que acompañé a mi amiga Liliana a donar sangre al Hospital Italiano. En la sala de extracciones nos encontramos con otra admiradora del genial dibujante que, casualmente o no, también frecuentaba la zona de Puán y José Bonifacio. Aportado el granito de arena (la gota de sangre), subimos al piso donde estaban las salas de terapia intensiva para preguntar por el estado de Solano, pero no logramos acceder a la habitación 4017 en donde, según nos habían informado amablemente en recepción, lo tenían alojado. Igualmente nos fuimos satisfechos por haber hecho lo (poco) que podíamos hacer por quien había dado vida a muchas vidas dentro de nosotros.

Una tarde de cortes de luz y esquinas como lagos entre Parque Chacabuco y Caballito era el escenario de la tristeza por la muerte de Solano que se mezclaría más tarde con la alegría de un festejo y la melancolía de una transformación. El Serpa festejaba sus 5 años y se despedía de Villa Crespo.

Allá por 2006 fue que el grupo de artistas que tomó como nombre de batalla toda una filosofía, Persistencia, se asentó en el taller de Parque Patricios, instalado en un viejo edificio de varios pisos y sin ascensor, desde cuya terraza se podía ver todo el sur de la ciudad de Buenos Aires, desde los parques desprovistos de rejas hasta la antigua cárcel de Caseros.

Poco después, se mudaron a la casa de Julián Álvarez 425. Derruida como estaba, estuvieron un año trabajando para ponerla a punto, a puro pulmón y corazón. Y la convirtieron en una casa de vida, en un espacio de arte independiente y accesible, ajeno a toda restricción comercial y a toda presunción de exclusividad intelectual. Ahora el Serpa debía mudarse, vivir una nueva transformación.

Allí me dirigía. A la última muestra del Serpa en su sede de la calle Julián Álvarez. Un lugar que por siempre conservará algo del Serpa, por más que pasen los años y las circunstancias. El Serpa lo liberó. Algún retazo de libertad por siempre quedará.

Un recorrido en bondi leyendo un artículo sobre pedagogía libertaria y luego una caminata bajo la lluvia por Villa Crespo. Ya era de noche. Llegué y disfruté, las pinturas jactándose desde las paredes de la galería.

Allí podía ver a Miguelito Abuelo recitando su Buen día, día, guitarra en mano y en contacto con la tierra, con la madera y con el verde, producto del óleo de mi amigo el Cholo Leandro Gutiérrez. No es casual que el canto de Miguel se mezclara con aquellas paredes y se convirtiera en el buzo Miguel, presente aquí y allá, tímido y misterioso, pero con gesto evidente de querer contarnos una historia. El Cholo, su intérprete, me saludaría luego de un rato y, fiel a la música, compartiría conmigo los vinilos de Hendrix y Santana que orgullosos se hacían oír a través de los parlantes del atelier del Serpa.

Un conejo transmitía su historia de disfraz mediante los trazos de Nico Guardiola, una especie de artesano de lo impensable. Gigantescas imágenes en cuadros grandes pero también pequeños, cargadas de una agobiante irrealidad, como la de aquel apasionado cajonero y su vida de interminable búsqueda.

Y entonces lo saludé a Juan Manuel Barrientos, cuyas obras acababa de ver. Alguien me había dicho que él mismo era el protagonista de sus propias pinturas. Me sorprendí al pensar que tal vez tenía razón, y me atacó esa sensación de desequilibrio que genera no saber de qué lado del cuadro está, en definitiva, el artista. Esos contundentes óleos que parecieran poder impresionar a los mismos impresionistas, eran como un juego (acaso las escondidas) protagonizado por él mismo.

Miraba de vez en cuando a través del gran ventanal que daba a la calle. Siempre había alguien mirándome también a mí. La lluvia había mermado, y a pesar de que el cielo seguía nublado, el Serpa continuaba acogiendo a personas ávidas de arte. A lo largo de toda la jornada el espacio se iba ocupando más y más, y llamativamente parecía que jamás iba a agotarse, como un cuerpo que se expande.

Apareció Matuco Cosentino caminando por la galería. Me saludó con sobriedad, y pronto se me ocurrió pasar por el patio del fondo y reclamar mi vaso de vino. Eso no quitó que lo hiciera con cierto paso melancólico, contagiado por esas imágenes dolorosamente bellas de las pinturas de Matuco, en particular aquel verde perro dando vida al cartón y aquel misterioso avistamiento del que alguien juró haber sido testigo.

Vaso en mano tras haber visitado el patio, volví a la galería y saludé a Nico Pichuqui Mendoza. En cualquier momento, Pichuqui iba a empezar a recuperar y crear fragmentos de realidad con su cámara fotográfica, y aquella noche sería resguardada contra los agentes del olvido; mi amiga Ana Laura y yo seríamos recreados en una imagen capturada junto al sacro ventanal, haciéndonos partícipes del festejo y del recuerdo.

Se aproximaba el evento musical cuando volví a observar las pinturas, entre charlas alternadas con amigos, amigas y recién conocidos. La oscuridad de la obra de Adrián Outeda (aquel mítico exponente del Buenos Aires Hardcore) me inquietaba a un punto difícil de expresar; un canto primitivo parecía atravesar aquellas máscaras que quizás sólo buscaban reflejar un lamento interior.

Debajo, la verde libertad de un paisaje de Mariano Perarnau, como aquel río que había intentado seguir alguna vez, profundo e hipnótico. Creaciones que parecen profesar la filosofía del aquí y ahora de Henry David Thoreau.

El preludio al festejo definitivo, con sorteo de obras en formato pequeño, brindis y torta, fue el espectáculo musical. El violín y el piano de La Korda, interpretando un repertorio que iba desde Chiquilín de Bachín hasta el tema principal de la película Cinema Paradiso compuesto por el monstruo Ennio Morricone, atravesaban como flechas la piel de todos aquellos que, sentados o parados, observábamos y escuchábamos emocionados y sonrientes. No pocos irrumpieron en llanto. Como si Hugo Ball hubiera intervenido en aquel espacio de Villa Crespo, quienes dirigían la orquesta eran dos niños dispuestos del lado del público, rompiendo con toda regla y poniendo de cabeza el orden del espectáculo. Quizás por magia de ellos es que sonó En la gruta del rey de la montaña, o en su variación más conocida, la música del inspector Gadget, con los coros de todos los asistentes. Impecable demostración de apasionada destreza para dar un cierre como correspondía a esta etapa del Serpa.

Tras el sorteo y mi tradicional suerte de perdedor, entablé algunas pocas pero agradables conversaciones sobre rock y sobre música en general, sobre la cultura del disco de vinilo y sobre la hermosa y trágica actualidad del mp3.

Mi amigo y cofundador de la revista Mermelada, Willier, que había vuelto de Italia, había anunciado su presencia en el Serpa ese día, pero aún no aparecía. Eran cerca de las 2 de la mañana y me retiré tras saludar a los serpianos que encontré, deseándoles una buena nueva etapa. El Serpa se muda, sus artistas persisten.

Salí a la calle (a los pocos minutos aparecería Willier en el Serpa, me comentó al día siguiente el Cholo), crucé Corrientes sobre el asfalto mojado, compré en un kiosco un sándwich de milanesa que parecía haber estado esperándome desde hacía más de una semana y seguí mi camino. Lo imaginé a Solano ilustrando la crónica del evento. Y en ese juego de la imaginación decidí que la consigna era, en efecto, persistir. Como lo había hecho el Eternauta, como lo hacían los artistas del Serpa.

Persistencia, y un brindis por la revolución cromática.

MUESTRA GRUPAL DE PINTURA
Barrientos – Cosentino – Guardiola
Gutiérrez – Perarnau – Outeda
EL SERPA espacio de arte – Julián Álvarez 425

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Todas las fotos reproducidas en esta entrada fueron tomadas la noche del 12 y la madrugada del 13 de agosto de 2011 y fueron facilitadas por el grupo Persistencia.

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