Muestra apertura nueva sede del Serpa. Bastos, Santos, De Marco (El Serpa, septiembre 2011)

Hace algo más de treinta años, dos guitarras se desafiaban mutuamente en una misma armonía definida por el ritmo de unos contundentes golpes de batería y la base de un hipnótico bajo cuyo intérprete a la vez trovaba un anuncio: “The Boys are Back in Town”.

Hoy el lugar es Palermo, Buenos Aires. No tan lejos quedó aquel legendario espacio de Villa Crespo. Pero la transformación parece prometer la continuidad de la leyenda. Como los mitos, cuyas unidades básicas persisten a lo largo de las épocas pero sus formas y expresiones van cambiando, modificándose -como toda materia que se precie de estar viva. Hoy el Serpa, espacio de arte independiente que supo vivir en Parque Patricios y Villa Crespo, ocupa un nuevo lugar, pero esta transformación es la expresión de la persistencia.

La primavera melancólica de los que asesinamos a la juventud durante la mayor parte del día acababa de llegar. El 23, dijeron los especialistas, comenzó en términos científicos el equinoccio de primavera. El 23 se inauguró el nuevo Serpa en una callecita de Palermo.

“Mucha primavera, pero me cago de frío”, pensé mientras caminaba desde la parada del bondi hasta la calle Pringles, cruzando la avenida Córdoba en medio de un apabullante tráfico. Eran las ocho en punto de la noche. Tenía mi remera de Boris Karloff y un pulóver a rombos muy delgado que parecía diseñado para dejar pasar el viento frío que me provocaba vibraciones en el cuerpo.

Crucé Cabrera y caminé por Pringles con dirección a Gorriti. Casi en la esquina encontré el espacio iluminado, con una gran ventana comunicando el interior y el exterior (o ese espacio único que son ambos). Otra vez, la conexión estaba allí, como en el Serpa Villa Crespo. El Serpa 3D había abierto sus puertas.

Entré y fui recibido por Nico Guardiola, el primer miembro del grupo Persistencia a quien saludé en la nueva guarida. El ingreso ya implicaba sumergirse, casi sin preludios, en la galería donde se exhibían las obras de los tres artistas invitados para la ocasión. Una primera sala de dos paredes laterales se conectaba directamente con otra sala al fondo, a la que se accedía a través de un amplio umbral con un par de escalones ascendentes que dejaba intuir el resto de la exposición.

A mi izquierda, sobre una pared de ladrillo a la vista, la obra de José De Marco, una serie de cuadros de diversos formatos y tamaños que construía una curiosa composición con base en la resituación de objetos individuales de un mundo cotidiano de otros tiempos en una esfera de contemplación colectiva totalmente diferente. Acrílicos, óleos y técnica mixta configuraban vestidos y mobiliarios que provocaban una agobiante sensación de distancia, en cierto modo interrumpida por la presencia de un juego de rojos y violetas (una manzana mordida sobre una tabla, un pescado que pretendía romper saludablemente el equilibrio desde lo alto de la pared de ladrillo). En la pequeña pared que flanqueaba el umbral de acceso a la sala del fondo y que formaba una L con la pared de ladrillo, se destacaba la reproducción de un hermoso vestido de los años cincuenta con un inquietante contraste de sombras y sepia.

A mi derecha, sobre una pared blanca, había una composición mural de bienvenida realizada por los artistas invitados, y en otro sector de la pared, especialmente en la L formada por la pared lateral y el pequeño fragmento de pared adyacente que formaba el flanco derecho del umbral, estaba la obra de Diego Bastos (que continuaba, además, en un pequeño fragmento de pared de la sala contigua). Bastos introducía una serie cuya protagonista era una mujer-niña. El sentido del relato, si es que lo había, se me escapó por completo, quizás porque imaginaba miles de relatos posibles que se conectaban y se aislaban con tanta facilidad como mis ojos viajaban de una obra a la otra. En cualquier caso, sentidos alegóricos e imágenes directas construidas con pinceladas como caricias y colores alternadamente vivos y apagados, eludían toda posible indiferencia.

Antes de subir los escalones que me conducirían a la siguiente sala, saludé a algunos de los miembros del grupo Persistencia que circulaban por el renovado Serpa compartiendo con los asistentes opiniones, pensares, sentires y copas de vino (y algún que otro sanguchito). Las salas, tal como en el Serpa Villa Crespo, se irían poblando poco a poco y de modo constante.

En la segunda sala del Serpa estaba expuesta la obra de Amado Santos, dispuesta en la pared izquierda y enfrentada a una ventana bajo la cual había un sillón y que daba un buen panorama del patio (al cual se accedía desde la cocina trasera). Contra la pared del fondo de la sala, sobre el piso de baldosa verde, estaban los parlantes que disparaban música desde un reproductor de mp3. (El reproductor de discos de vinilo, descubrí cuando pude subir por la escalera misteriosa que conectaba con el primer piso, estaba ejerciendo funciones en el atelier superior). Más adelante en la noche, desde allí se escucharía la sesión de música de Julio César Crivelli con su guitarra y su característica voz.

La obra sobre papel de Santos presentaba la particularidad de parecer definirse por su conjunto antes que por sus partes. Las hojas de papel blanco desgarradas en su centro por los colores del acrílico y quizás también por alguna otra técnica, formaban en su asociación colectiva una especie de universo propio, una coherencia estrictamente basada en el sostenimiento de cada ladrillo en su propio lugar. Tan sólo un pequeño ejemplar lateral en un soporte ligeramente distinto y otras expresiones aisladas en la pequeña pared adyacente rompían la delicada armonía.

La noche tuvo sorteo. Pero perdí como de costumbre. (Gané, no obstante, algo mucho más valioso sobre lo que no corresponde extenderme acá). Me quedé un tiempo largo observando una y otra vez las obras, mientras esperaba noticias de la llegada de mi amigo el Turco, viejo compañero de andanzas musicales. (Resulta que no llegó, al parecer complicado por una abducción extraterrestre o algo parecido).

Entrada la madrugada el espacio perdería el color y se vestiría de una confusa mezcla de sonidos. Algo a lo que llaman fiesta. Pero lo cierto es que, cumplida la jornada, otra combinación de sonidos vino a mi mente, esta vez cargada de coherencia. Esta pieza musical me acompañaría durante el trayecto a pie desde el nuevo centro de culto, el Serpa 3D en Pringles y Gorriti, hasta Scalabrini y Corrientes (hacía frío, había viento, estaba desabrigado, pero qué lindo era caminar bajo un cielo algo a parcialmente nublado comiendo una merengada –al parecer muy poco sana, según una querida amiga– y bajándola con una cerveza en lata –esto le daba la cuota de salud a la merengada, presumo).

Allí estaban los artistas del grupo Persistencia. Allí los artífices del Serpa. Allí nacía el color de un espacio independiente y autogestionado. Como una batiseñal, destacándose entre los techos de la cuadra, entre las casas que son apéndices del pavimento.

En mi cabeza seguía sonando esa mágica combinación de guitarras y la voz de Phil Lynott, que insistía una y otra vez con lo mismo. “The Boys are Back in Town”. Y si Lynott lo dice, es porque es así.

El Serpa ha vuelto. The Boys are Back in Town. Como dicen los mismos serpianos: “¿Alguien creyó que nos iban a ganar?”. Lynott se ríe. Él siempre lo supo. Por eso sigue cantando:

Won’t be long till summer comes
Now that the boys are here again.

MUESTRA APERTURA NUEVA SEDE DEL SERPA
Bastos – Santos – De Marco
Desde el viernes 23 de septiembre
La muestra permanecerá en exhibición durante dos semanas
EL SERPA espacio de arte – Pringles 1488
Palermo 3D
Entrada libre y gratuita

El Serpa: blog y facebook
José De Marco: sitio web
Diego Bastos: blog
Amado Santos:
blog

*Todas las fotografías reproducidas en esta entrada fueron tomadas por Nicolás Mendoza la noche de la inauguración.

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2 respuestas a Muestra apertura nueva sede del Serpa. Bastos, Santos, De Marco (El Serpa, septiembre 2011)

  1. ana-laura dijo:

    Qué combinación, Merengadas, cerveza, Lynott mezclados con los colores serpianos [o como propondría el ejercicio típico para un estudiante inicial de idioma, tache lo que no corresponda, je].

    Impecable.

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