Muestra de pintura de los alumnos del taller de Héctor Meana (El Serpa, noviembre 2011)

El viernes 4 de noviembre se inauguró la muestra de pinturas de los alumnos de Héctor Meana en el Serpa.

Meana, apodado “Crazy Horse” o simplemente “el Crazy”, es un artista amigo del grupo Persistencia y asiduo concurrente de los eventos del Serpa. Su taller convoca a varios artistas que exploran mediante el arte las posibilidades de expresión humana. Veinte alumnos ofrecieron sus pinturas y dibujos para ser contemplados en las paredes del Serpa.

Entusiasmado como cada jornada en que hay una nueva muestra de esas que uno sabe que le repararán el espíritu, salí de casa medio sobre la hora. Llovía y estaba oscureciendo. Al menos, no hacía frío. “Está todo ok, sólo un poco de agua”, pensé. Agarré una bolsa de nylon y con ella cubrí todas las cosas que guardaba en mi bolso –mi libreta, un cuaderno, mis cómics de El Bruno, algunos periódicos y fanzines–, atento a que ninguna gota de agua contaminara los objetos que exigían permanecer secos (como uno a veces).

Camino a la parada del bondi, la lluvia se intensificó. “Se largó”, pensé. “Justo a mitad del camino”. Mientras evitaba resbalarme al pisar los montones de pelusas que tan alegremente esparcen los plátanos sobre las veredas durante la primavera, traté de abrir el paraguas y resultó que estaba roto. La parte superior estaba suelta y no había modo de aferrarla al caño. Lo guardé en el bolso y me refugié bajo un balcón. El sonido furioso del agua cayendo sobre las baldosas y el asfalto adquiría una extraña melodía desde allí abajo, contagiándome de una profunda sensación de melancolía. El olor de la lluvia primaveral me colmaba y me alentaba a seguir mi camino, mientras el rumor de las gotas que balanceaba el viento parecía escupirme palabras sinceras: hay que seguir, hay que seguir. Aceptando con dificultad esa sentencia, decidí que no podía quedarme toda la noche bajo el balcón. Comencé a correr. Me quedaban seis cuadras para llegar a la parada. Mis zapatillas no son lo que se dice muy deportivas. Tampoco yo lo soy. A la segunda cuadra me pegué un patinón tremendo en medio de la calle, había cruzado mal y un coche frenó con dificultad antes de llevarme puesto. Tremendo susto. Empapado y con las manos ardiendo por los raspones, me reincorporé y seguí caminando, esta vez a paso lento, con la humildad del perdedor. “Decían eso del tropezón que no es caída, cuántos tropezones cuentan como caída”.

Para no mirar a la cara a dos personas que se reían a un costado del convento por el que pasaba, saqué el celular y miré la hora. Luego de vacilar unos segundos, tapando el celular como podía con una mano, aproveché para con la otra escribir tan sólo dos palabras. El mensaje se envió. Comprendí que el silencio sumergido en la lluvia puede ser el doble de doloroso.

Una parejita corría, refugiada bajo el paraguas de la joven que, con su remera a rayas rojas, se sentía protegida por el brazo del muchacho de camisa a cuadros que la abrazaba con una envidiable mezcla de pasión y cariño.

Seguí caminando. Completamente mojado. Junto a la parada me lo encontré a un viejo conocido de esos que uno desearía no haber conocido nunca. Tras reírse de mi estado de humedad (parece que la humedad es muy hilarante en estos días), me contó de lo bien que le iba en la vida y de lo genial que era su paraguas. Para cuando me preguntó qué era de mí, llegó el colectivo 76 y me lo tomé sin apenas saludarlo. Pensaba esperar el 71, que me dejaría más cerca del Serpa, pero no tenía intenciones de viajar en el mismo colectivo que mi conocido (no siempre es mejor malo conocido, ahora que lo pienso de hecho casi nunca).

Muestra del Festival 2H. Foto reproducida en el blog de los organizadores

Refugiado en el bondi, sentado en uno de los asientos traseros, las medias mojadas pegadas a mis pies y el resto de mi cuerpo fundido con mi ropa, pensé que al menos estaba a salvo. Mientras descansaba mis doloridas manos y comprendía que también me dolían las rodillas, dejé que mi mente divagara. Pero no divagó tanto y me puse a pensar en el festival 2H al que había asistido el domingo anterior, en el parque Saavedra. Allí, en el primaveral hall de un edificio frente al parque, varios artistas expusieron sus obras, incluidos los miembros del Serpa. Aquella tarde habían desfilado en las paredes las obras oníricas de Nico Guardiola, una impresionante fotografía de Nico Mendoza que retrataba la copa de unos árboles capturados en contrapicado y que parecía configurar un paisaje con un afluente visto desde un plano satelital, el maravilloso árbol frondoso con fondo lila del Cholo Gutiérrez, el impactante hombre esperando a la bomba de Matuco Cosentino (que había quedado penosamente reducido a la penumbra con el transcurrir de las horas, pero cuyo concepto seguía siendo demoledoramente iluminador), los perfectamente imperfectos fragmentos de una idea de Juan Manuel Barrientos.

El festival, producido por María Obarrio y Lorena Marchetti para 2H y que articulaba arte y diseño, también presentó tres shows en vivo. Vivant Quartet, que ya había tocado en el Serpa, inauguró el escenario al aire libre que se levantaba en la intersección de las calles García del Río y Pinto, con su repertorio de piezas propias y clásicas del jazz, mientras los chicos chiquitos bailaban y jugaban sobre el asfalto y una señora mayor con ansias de baile me preguntaba si eso era rock. “No, jazz”, le contesté. “Ahh, es parecido, pero más romántico”. No se equivocaba. Los Pels llevaron algo de rock indie emergente mientras la noche caía, y luego estallaría un set en vivo de Catarina Spinetta. Precisamente para presenciar este set fue que acudieron mis amigos y viejos ex compañeros de laburo Gaby y Gusty, “los ex pibes de la bici”, gremio al cual yo también pertenezco.

Miraba por la ventanilla del colectivo mientras recordaba las cervezas que nos tomamos aquella tarde en Saavedra con el Cholo y el resto de los serpianos, y con nuestro viejo amigo Matt, de regreso de sus vagabundos días por Europa. Esa tarde de sol había sentido una feliz tranquilidad que resultó ser notablemente fugaz.

Foto tomada por Liliana Navarro

El bondi se detuvo en un momento en que el tráfico de autos se acentuó. Luego iría a dos por hora. Mientras tanto yo mechaba el recuerdo de Vivant Quartet en el parque Saavedra con la jornada del miércoles 2 en que con dos amistades fuimos a ver al cuarteto en la terraza del Centro Cultural Recoleta, en el marco del Festival Internacional de Jazz. Un repertorio impecable con un gran sonido, mucho viento (partituras sujetas con broches para que no se volaran), mucho público, el espíritu del jazz improvisando melodías con su violín junto al público, y para cerrar, unas palabras con Juan Klappenbach y el saludo al resto de la banda.

Preocupado, miré la hora en el celular. Se hacía tarde. “Los serpianos ya arrancaron, no llego más”. En breve comenzaría el recital de Mal Momento en Salón Reducci, en Constitución, segundo objetivo de aquella noche. La lluvia se había detenido pero de pronto el colectivo se quedó en la intersección de dos calles que no supe reconocer. Volvió a arrancar pero a las cuatro cuadras se quedó otra vez y los pasajeros nos tuvimos que bajar. Agobiado por sentir que el viaje era un reflejo de algunas vidas, guardé una puteada o un lamento y caminé hasta una esquina en que había un café que anunciaba su apertura hasta las doce de la madrugada. La humedad no había penetrado en aquel pequeño rincón de la capital, y allí, con un café con leche, una medialuna rellena quemada y un cómic de El Bruno entre mis manos, concluyó la perspectiva de acudir al Serpa y al recital de Mal Momento.

En el séptimo día…

Mi infructuoso viaje de aquel viernes hacia el Serpa de Palermo no fue obstáculo para que, la despejada y calurosa noche del jueves siguiente, fuera testigo de las obras que conformaban la muestra del taller de “Crazy Horse” Meana. Tras un viaje de lo más convencional desde pleno Microcentro, y poco antes de que empezara el concierto de La Korda (que cerraría ni más ni menos que con una versión conmovedora hasta los huesos de Barro, tal vez del flaco Spinetta), me encontré en las dos salas de exposición del Serpa con un conjunto de obras que parecían tener en común el objetivo de hacer evidentes los trazos, las pinceladas, la mano del artista. Una paleta cargada de pigmentos como un terreno escarpado era el extremo registro de la labor del artista, del arte como oficio. Una notable excepción era acaso la sublime pieza de Jorge Montoya, un camino boscoso con sombras que segregaba un escalofriante realismo.

Foto de la muestra en el Serpa reproducida en el facebook de Analía Twaska

Paisajes de ensueño, rostros desfigurados, figuras difusas pero elocuentes, un apacible bosque verde con arroyo, dos skaters alucinando entre colores ruidosos, la omnipresente joven yacente de Lucas Varela, un pie indeciso, un vástago del matrimonio entre Piet Mondrian y Claude Monet. La mano del artista estaba en todo momento allí. Evidente, nunca oculta. Como el sentimiento de uno, que aunque uno se ocupe de ocultarlo permanentemente a los demás, a veces exige lanzarse a la superficie sin temer caer de cabeza sobre el pavimento.

Finalizado el concierto nocturno de La Korda, me quedé un rato conversando y meditando en el patiecito interno del Serpa. Recibí amenazas varias del serpiano cuya banda Los Mortales había interpretado un serpacústico el sábado anterior, al tono de “Qué vas a escribir, ¿eh?”, cual Sonny Corleone en la obra magna del bastante menos magno Francis Ford Coppola. Como buen cronista, supe hacerme el distraído. Luego de una cerveza, llegó el momento de partir.

Pateé por Scalabrini Ortiz. El viernes lluvioso había pasado hacía casi una semana, pero la humedad todavía la sentía. Desfigurado, como una pintura sin barniz cuyos trazos se iban deshaciendo por efecto del agua que caía como una sorpresiva lluvia de primavera. El Serpa me reparó el espíritu aquella noche, pero el grafito del boceto interior seguía vulnerable a futuras lluvias. Sentía que el retrato en cualquier momento podía terminar de desdibujarse, las gotas de petróleo cayendo sobre las baldosas del suelo frío. Sonaba A dónde fuiste de Mal Momento en mi cabeza. El Serpa seguiría siendo mi refugio, como un tema de Mal Momento o un recital de Katarro Vandáliko. Allí donde la vulnerabilidad se comparte y se permite ser humano, débil e imperfecto. Tener un refugio es un buen comienzo para iniciar la resistencia.

MUESTRA DE PINTURA DE LOS ALUMNOS
DEL TALLER DE HÉCTOR MEANA

Desde el viernes 4 de noviembre
La muestra permanecerá en exhibición durante tres semanas
EL SERPA espacio de arte – Pringles 1488
Palermo
Entrada libre y gratuita

El Serpa: blog y facebook
Héctor Meana: sitio web

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