Las alturas duermen detrás del miedo a la locura. Muestra de pintura de Nicolás Guardiola (El Serpa, junio 2013)

Vemos solo chispas de quienes están en llamas, y ellos, en lo alto, encandilados con sus propios soles, no saben de nuestros fueguitos.
Luis Sagasti

El viernes 7 de junio se inauguró en El Serpa una nueva muestra de Nicolás Guardiola, Las alturas duermen detrás del miedo a la locura, conformada, en palabras del autor, por “un conjunto de pinturas que exploran nuestro hemisferio onírico”.

Siempre seducido por el universo de ensueño que Guardiola viene creando en algo más de seis días de trabajo y uno de descanso, no falté a la cita y, alrededor de las ocho de la noche, ya estaba admirando las obras dispuestas en las paredes blancas de la galería.

Si bien en la puerta de ingreso me recibieron otros dos artistas del Serpa, Matías Cosentino y Nicolás Mendoza, que se encontraban estudiando las variaciones del clima, mi anfitrión oficial fue ni más ni menos que la paleta cargada de pintura del artista expositor, honorable protagonista de la muestra que, como instrumento y obra, colgaba en el primer tramo de pared con que comenzaba la galería. A continuación desfilaban, en cambiantes formatos y tamaños, los óleos sobre tela y sobre tabla cuyas temáticas recuperaban seres (acaso) mitológicos, recuerdos (quizás) autorreferenciales, imágenes inquietantes que evocaban aquellas alturas de la locura personificadas por gigantes de rostros adustos (alguno que otro amable), por precipicios poco definidos, por saltos al vacío y por elegantes niños sobreprotegidos.

El recurso a las imágenes como manifestaciones de sí mismas parecía, a su vez, hermanarse con la idea de un hilo de coherencia, no sólo en el contenido, sino también en las formas: los colores aquí y allá apagados pero con contrastes violentos, las escenas impulsivas pero metódicamente diagramadas, los grandes espacios cargados de melancólica poesía, y un juego peligroso entre rasgos indecisos y trazos seguros que expresaba un balanceo permanente entre el realismo y la fantasía, quizás entre el control y el instinto en cuyo punto de encuentro hallaba Bruce Lee (patrono del Serpa) la armonía de la expresión humana. (“Si es sólo un tecnicismo aburre. Si es sólo un vómito aburre. Lo interesante para mí es el vómito modelado por la técnica o la técnica atravesada por el vómito”, escribió alguna vez Guardiola). Se trataría, en palabras del autor, de una obra realizada “más desde el encuentro [con las imágenes] que desde la búsqueda”.

Mientras degustaba alguna empanada, humedecía mis labios mediante un pequeño vaso de vino tinto y me alternaba en el saludo con amigos y conocidos, observé más de una vez la muestra y leí el texto que Luis Sagasti escribió especialmente para la ocasión. Lejos de expresar una pretensión de explicar o justificar la obra plástica, dicho texto se constituyó a la vez en interpretación del concepto, en obra en paridad de condiciones y en componente de la muestra en tanto obra tomada en su totalidad. Su primera línea arriesgaba temeraria: “No es la duda lo que enloquece sino la certeza, la confianza extrema de que visiones y razonamientos propios no presentan ninguna fisura”.

Sin embargo, la muestra no abordaba tanto esta locura que se ubica en las alturas, allí a donde se refugiaron los dioses cuando los hombres se rebelaron contra la norma, y el cielo y la tierra se dividieron. Sino más bien el miedo, ese extraño gozo que acompaña a la angustia y que conduce nuevamente a la cornisa. “Saltar al vacío es un síntoma de locura (acaso sea eso lo que nos salva)”, sentencia Sagasti. El miedo que nos mantiene atados a la tierra de los hombres, sabiéndonos poseedores del saber de los dioses que habitan en lo alto.

Difícil no ver en esa procesión de gigantes llevando cajas al son del insignificante payador apostado al borde del abismo, o en aquel incendio en el medio del desierto, o en aquellos ojos de lechuza que ven lo que el hombre no debe, indicios de este miedo a la locura.

Meditaba sobre estas cuestiones cuando, ya de madrugada, el dibujante y amigo Mariano Cosentino agarró una guitarra criolla y se puso a interpretar unos punk rocks en el patiecito de la planta baja. No hacía mucho que habíamos estado hablando con el serpiano Juan Manuel Barrientos y con Guardiola sobre el ingreso del Serpa en el circuito de Gallery Nights y sobre diversas formas de entender el arte en los eventos realizados en la ciudad. Tampoco habían faltado algunas palabras con mi amigo Leandro Gutiérrez y ciertas reflexiones sobre ensueño, arte y psicología con Manuel (hermano de Nico), y tuve ocasión de presenciar las cabezas que observaban atentamente una performance a cargo de Ak Timon y con música de Emilio Bronzini y Gabriel Corbellini, dirigida por el artista expositor.

Cuando el cansancio empezó a ganar, la guitarra de Mariano dejó de sonar y la pequeña barra dispuesta en la cocina amagó con cerrar, decidí emprender el camino de regreso. Mientras pateaba por avenida Córdoba, se me vino a la cabeza sin saber bien por qué el nombre de Jonathan Swift, autor de los maravillosos Viajes de Gulliver. Al día siguiente, mientras lidiaba con un espantoso dolor de cabeza, recordé que, según cuentan algunos biógrafos, Swift temía (de hecho, sabía) que acabaría por volverse loco. La lucidez que le permitió escribir la más contundente crítica a la condición social de su tiempo en un tono fabuloso que parecía sacado de un largo e inacabable sueño, fue acaso el preludio de una inevitable caída al precipicio. El viaje, de un modo u otro, había sido un ascenso a lo alto. El regreso, una extraña caída con la mirada sostenida en la altura.

Entiendo que la muestra de Nico Guardiola aborda, en cierto modo, algo de ese viejo temor a la locura. Y como en la obra que le da nombre, el afrontarlo es un símbolo de valentía: saltar al vacío, sin saber de consecuencias, haciendo del salto un acto en sí mismo que no contemple la posibilidad del tiempo. Como una pintura que no se mueve porque el movimiento la decidió quieta. O como aquel final de la película Fist of Fury, en el cual el personaje de Bruce Lee toma coraje y se lanza, mediante un salto marcial, a la muerte; un rapto de locura necesario para convalidar su compromiso con el pueblo oprimido. La cámara se congela y Bruce queda inmortalizado en el acto mismo del salto, del golpe. No vemos cómo lo atraviesan las balas de los agentes del imperialismo, lo que sobrevive es su insano coraje detenido en el tiempo. Racional locura. Signo -claro- de que las alturas duermen detrás del miedo a la locura.

LAS ALTURAS DUERMEN DETRÁS DEL MIEDO A LA LOCURA
MUESTRA DE PINTURA DE NICOLÁS GUARDIOLA
TEXTO DE LUIS SAGASTI
Desde el viernes 7 de junio hasta el martes 9 de julio de 2013
Lunes a viernes de 15 a 21 hs / Sábados de 14 a 20 hs
EL SERPA espacio de arte – Pringles 1488
Palermo
Entrada libre y gratuita

El Serpa: blog y facebook
Nicolás Guardiola: sitio web

Las fotos reproducidas en esta entrada fueron tomadas de los facebook de El Serpa y de Nicolás Guardiola

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