El monaguillo orejón, relato pictórico de Nicolás Guardiola (Arquitecturas imaginarias, octubre 2013)

Por algún extraño motivo, aquella noche primaveral del sábado 26 de octubre de 2013, mientras me dirigía en bondi al barrio de Villa Ortúzar, se me cruzó por la mente la escena inaugural de la película Il Casanova, de Federico Fellini. Fue como si la presenciara mirando a través de la ventanilla: una gigantesca diosa del exceso y del erotismo se asomaba desde lo profundo de un canal veneciano en el marco de un carnaval, poco antes de que una monja invitara a Giacomo Casanova a abandonarse al placer en una isla cercana.

Los ojos de la diosa asomándose y su ambigua evocación de la protección y del peligro, de la germinación y de la muerte, me remitieron inmediatamente a algunas de las obras pictóricas de Nicolás Guardiola (artista del grupo Persistencia y cofundador de El Serpa), en particular a su exploración del ensueño a través de la representación de personajes y situaciones cargados de simbolismo –hombres que planean o saltan al vacío, cajones que esconden el tiempo, seres míticos en procesión, e incluso gigantes que emergen misteriosamente de las aguas–. Al igual que en las imágenes de Fellini, las pinturas de Guardiola parecen desafiar los límites entre lo consciente y lo inconsciente, entre la máscara y el rostro, pero también entre lo sacro y lo profano, lo alto y lo bajo, la culpa y el gozo. Este fue mi descubrimiento aquel sábado en la inauguración de la nueva muestra de Guardiola, “El monaguillo orejón”, que tuvo lugar en el espacio de arte Arquitecturas imaginarias.

No eran aún las nueve de la noche y yo caminaba por las veredas tímidamente iluminadas de Villa Ortúzar, tratando de encontrar el santuario de arte que me había convocado. Protegido por las sombras que arrojaban las ramas dispersas de un árbol, el portón negro de ingreso pareció querer disuadirme de aventurarme a lo desconocido, pero sin tiempo para dudar, la puerta de acceso se abrió y una mujer, sin siquiera saludar, pasó a mi lado y me dejó el camino libre. Entré.

A través de una galería no muy angosta pero estrechada por una barra adornada con botellas de hermosos colores y atendida por la gente de Baco A. C., llegué al punto enérgico del lugar. Allí se ensanchaba el espacio y comenzaba la exposición sobre “El monaguillo orejón”.

No comprendí del todo si quien me dio la bienvenida fue Guardiola, saludándome junto al atril que informaba el orden de la muestra, o Igor Rubishter, misterioso barbudo de gesto melancólico y severo que se dirigió a mí con palabras de turbadora gravedad: “Quien cultive el arte de la escucha desapegada podrá enterarse de todo aquello que no es”. Inquieto, incluso algo aturdido, no pude sino rememorar la respuesta de Dios a Moisés cuando éste le preguntó ingenuamente por su nombre: Soy El Que Soy. Igor continuó: “Dichoso aquel que sea capaz de experimentar lapsos de ser sin pensar”. Con estas palabras resonando en mi cabeza me sumergí de lleno en lo hondo de la muestra.

La estructura interna de la edificación, el mobiliario y la ambientación eran adecuado cobijo para tan santo sacrilegio: techo abovedado, arcos altos, columnas y paredes de un blanco impecable, aberturas de hierro con forma de arco ojival y rosetones; dos antiguos escritorios de madera maciza –sobre uno de ellos, el cuaderno de firmas con forma de tríptico creado para el evento–, una antigua salamandra y una vieja mesa ratona circular sobre la que reposaban varios vasos cargados de moscato sacerdotal de cortesía; un intrigante desnivel que conducía a un pequeño cuarto inaccesible para los asistentes, un entrepiso con una biblioteca, estampitas del monaguillo orejón distribuidas en distintos puntos de la sala, custodiadas por velas encendidas; y envolviendo toda aquella escena, el sonido de un órgano eclesial que parecía tocado por el espíritu invisible de un monje sabio o del mismísimo Vincent Price.

En las paredes de aquella capilla del arte prohibido, trece óleos en un mismo formato, ordenados cronológicamente y acompañados de sendos fragmentos de texto, contaban la historia del monaguillo orejón, joven acólito cuya primera revelación (“Una mañana, el monaguillo orejón escuchó”) se constituyó en fundamento de su apasionada huida del templo. Si atendemos a la máxima surrealista evocada por Guardiola a la hora de encarar el oficio creativo, sintetizada como “No busco, encuentro”, podemos comprender que dicha huida no supone tanto el comienzo de una búsqueda sino una etapa del encuentro.

El formato de la muestra –y de la obra como un todo– corresponde a lo que Guardiola define como un relato pictórico, esto es, una narración basada en la integración de texto e imagen que conduce menos a la explicitud que a la insinuación, menos a la temporalidad que a la introspección. Esta forma de narrar fue empleada también en su obra “El misterio del hombre rojo” (expuesta en El Serpa en julio de 2012 y publicada posteriormente como libro); en ambas –cada una centrada en un personaje distinto pero con historias no exentas de similitudes–, las escenas son compuestas con un estilo figurativo que hace uso de pinceladas fuertes pero a la vez tendientes a la definición precisa de las figuras, articuladas con palabras claras y sencillas que sin embargo evocan universos misteriosos e indefinibles.

Según me contó Guardiola luego de que hice mi primera recorrida por la muestra, la composición de esta serie difiere, no obstante, de la correspondiente a “El misterio del hombre rojo” en al menos dos aspectos. El primero tiene que ver con que los óleos de la serie del monaguillo, a diferencia de las pinturas de la serie del hombre rojo, tienen un mismo tamaño (50 x 50 centímetros). El segundo lo constituye el hecho de que “El monaguillo orejón” fue concebido desde un principio como un relato, y el orden cronológico de las pinturas se fue construyendo en el momento mismo de la creación. Como cuenta Guardiola en una sinopsis de la exposición, “cada cuadro dio motivo al que le sucede, y el conjunto en sí mismo fue la inspiración para el texto que lo acompaña”.

Esta forma de la creación tuvo clara repercusión, no sólo en la construcción del relato, sino también en el despliegue de los colores. Esto lo noté en particular cuando una joven editora que conversaba con el autor y otros presentes destacó el movimiento armónico de la paleta a lo largo de las obras. Los cambios sutiles parecían guiños de complicidad hacia el espectador, como una mano evanescente que mostraba un recorrido sin imponerlo, una voz guía que recitaba sin gritar: de los colores cálidos de la escucha, la huida y el horizonte por conquistar, a los pasteles, púrpuras y grisáceos de la incertidumbre, y a los rojos del dramatismo y del sacrificio. Finalmente, un cambio abrupto, radical, marcaba la erupción del joven desnudo, desde lo profundo del rojo de la lava purificadora, hacia el azul de un cielo claro pero salpicado de nubes, y hacia la tierra amarilla y el verde de la germinación.

De algún modo, me pareció intuir en aquel relato, como si de una película de Fellini se tratara, la presencia de lo sagrado y de lo profano como formas del tiempo, como partes de un todo cuyo equilibrio lo daba la disrupción. Y en ese misterioso juego, el ser desvestido de concepto era el desenlace de una primera contradicción en la que la escucha expresaba la voluntad última de desoír. El sacrificio, forma religiosa por excelencia, era la ofrenda en el altar de un infinito que conjuraba para siempre la religiosidad. La espiritualidad se reconciliaba con la naturaleza, la contemplación con el ser, y en el ciclo de Vida, Pasión, Muerte y Resurrección, el sentido se vaciaba de trascendencia y el tiempo se experimentaba en la inmanencia.

Mientras reflexionaba sobre ello y recorría –una y otra vez– la muestra, bebiendo de a sorbos el moscato sacerdotal de cortesía, veía entrar y circular a más y más asistentes, entre ellos los otros amigos artistas del Serpa. A menudo, luego de observar detenidamente las obras, se dirigían hacia el fondo de la edificación, donde un umbral con forma de arco ojival conectaba con un jardín vagamente iluminado, de tupida vegetación y decorado con unas instalaciones realizadas por el artista Faustino Canessa. Allí morían los acordes del órgano, la luz y la solemnidad de la muestra, y nacían el esparcimiento y la mundanidad, con un buffet muy concurrido, vasos cargados que pasaban de manos y se vaciaban a ritmos acelerados, conversaciones sacrílegas y sonrisas libertinas. Como en una película de Fellini, y como en las obras de Guardiola, los contrastes hechos experiencia.

La dueña del lugar, una mujer de cabello plateado y contagiosa vitalidad, iba y venía por el jardín y la sala con una sonrisa indeleble, y el fotógrafo contratado para el evento, al tiempo que buscaba a alguien que le convidara un cigarrillo, estaba a la caza de situaciones para inmortalizar con su cámara. Eran casi las once de la noche y en unos minutos tocaría Klauss, banda de música electrónica de la que había oído buenos comentarios. Pero yo tenía que partir. Me despedí del artífice de la muestra y me fui.

Mientras caminaba buscando la parada del 76, las manos en los bolsillos de mi pantalón de jean, hice un repaso mental por la exposición. Cualquiera que no la haya presenciado, pensé, podría preguntar quién es el monaguillo orejón, cuál es su nombre y cuál es su historia. La pregunta, finalmente, no tendría respuesta, porque se trata de la pregunta equivocada. Como Dios a Moisés, aquel que fue monaguillo contestaría: Soy El Que Soy.

Acaso la secuencia final del relato es la legítima pregunta. El joven nacido por segunda vez, el ave liberada de la cáscara, el misterio resguardado de la comprensión. Finalmente, la puerta a un universo de imposibilidades cuyo sonido sólo puede ser meditado a través de fugaces lapsos de ser sin pensar.

Y la respuesta a aquella pregunta no estará, acaso, en algún momento posterior del relato, sino en una escena anterior, cuando el monaguillo, con el agua hasta sus rodillas y dominado por la incertidumbre, ve la puerta varios metros sobre su cabeza, dispuesta sobre una pared pedregosa que se intuye imposible de escalar. El texto reza:

Tras el mar de niebla halló un muro tan alto como extenso. Su dimensión abarcaba los límites de su percepción.
En lo alto, una puerta, cuyo acceso era sólo para aquellos que podían destruir su idea del mundo.

He aquí la inmensidad del universo visual y poético en el que nos introduce Guardiola. He aquí la osadía de sus saltos al vacío.

EL MONAGUILLO OREJÓN
RELATO PICTÓRICO DE NICOLÁS GUARDIOLA
Desde el sábado 26 de octubre hasta el jueves 7 de noviembre de 2013
Arquitecturas imaginarias. Espacio dedicado a la experimentación en el arte
Villa Ortúzar
Entrada libre y gratuita

Nicolás Guardiola: sitio web
Arquitecturas imaginarias: blog

Las fotos de la noche de la inauguración fueron tomadas por Alejo Amal Gama. Las imágenes de obras individuales fueron tomadas del facebook de Nicolás Guardiola

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2 respuestas a El monaguillo orejón, relato pictórico de Nicolás Guardiola (Arquitecturas imaginarias, octubre 2013)

  1. Faustino dijo:

    Alta descripción , capo total 🙂 abrazo enorme

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