Pisar el palito – Nicolás Mendoza (El Serpa, mayo 2014)

Preludio

El año serpiano comenzó con dos muestras grupales: Imágenes seudónimas (29 de marzo-23 de abril) y Conexo (26 de abril-14 de mayo). En ambas, la exploración pareció centrarse en la figura humana, pero, por sobre todo, en el rostro y en la mirada, como si el puente construido por el Serpa (o, más bien, esa puerta abierta que desdibuja, no sólo el adentro y el afuera, sino también la separación entre el artista expositor y el creador asistente), hallara una expresión contundente a través de los ojos del óleo, el acrílico y la acuarela. (“Lo que vemos, lo que nos mira”, escribía un conocido teórico del arte). La obra como centralidad parece deducirse del carácter seudónimo adjudicado por el primer grupo, no ya al autor, sino a la imagen (¿imágenes que se ocultan detrás de sospechados autores?); pintar desde el abono del mundo (según el subtítulo de Conexo, muestra de Lucho Galo y Omar Isse) parece situar la obra en su justo contexto humano: “La ignorancia es tierra fértil/se transforma conociendo,/y la forma que va siendo,/es la que vamos a cantar”. La conexión entre obra y autor, entre imagen y mundo, entre lo que vemos y lo que nos mira, está allí, comoquiera que se la conceptualice. En el Serpa, esta relación iba a ocupar una posición privilegiada una vez más en la exposición que se inauguraría a continuación, esta vez alejada del lienzo y de la madera, y acaso más centrada que nunca en las formas de la mirada.

 


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Pisar el palito

Nicolás Mendoza, fotógrafo serpiano que también trabaja con los artistas y pacientes del Hospital Borda, inauguró su nueva muestra de fotografías, Pisar el palito, el sábado 17 de mayo.

Nos habíamos encontrado con Lili un rato antes y, cuando aún no eran las ocho de la noche, ya estábamos en el Serpa, recibidos por los serpianos y por conocidos y desconocidos que comenzaban a llenar el espacio a pesar de que afuera comenzaba a sentirse el frío otoñal. Allí estaban también los integrantes del taller de historieta de los sábados (fundadores del fanzine Perro Quemado) junto con su coordinador, Claudio Ramírez. Y, por supuesto, también estaba allí el hacedor de la muestra, Nico Mendoza (Pichuqui).

Abrazo con él, saludos por aquí y por allá, Pablo del Borda contando historias detrás de las fotos, inauguración del Sector Blanco (en esta oportunidad, con una perturbadora imagen de Sean Connery en una película de John Boorman). Y como pegamento, la muestra: fotografías a tamaño extenso, dispuestas en las dos salas de la galería de planta baja, que retrataban a pacientes del Borda en diversas circunstancias y actividades.

Lo característico de las fotografías expuestas es no sólo una técnica impecable (más llamativa tratándose de obras en color, un género difícil que suele ser mal aprovechado), sino sobre todo lo auténtico de la mirada, de esa interpretación honesta y creativa sobre situaciones cotidianas, pero también sobre poses deliberadas, que da al conjunto una coherencia más allá de las consignas, más allá de los contornos establecidos.

Creo que, como pocas veces escribiendo las crónicas, me encuentro con que las imágenes hablan por sí mismas y mis palabras, en alguna medida, sobran. Lo que no sobra, en todo caso, son las palabras de Pichuqui, quien con tierna poesía nos hace pisar el palito:

Fotografía tomada por Liliana Navarro

PISAR EL PALITO
MUESTRA DE FOTOGRAFÍA DE NICOLÁS MENDOZA
Desde el sábado 17 de mayo hasta el sábado 7 de junio de 2014
EL SERPA espacio de arte – Pringles 1488
Palermo
Entrada libre y gratuita

El Serpa: blog y facebook
Nicolás Mendoza: flickr

Fotografías tomadas por Nicolás Mendoza la noche del cierre de la muestra (7 de junio): 

 

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35 x 50 – 2013 (El Serpa, diciembre 2013)

El sábado 14 de diciembre de 2013 se celebró una nueva edición de 35 x 50 en El Serpa. Esta muestra de pintura figurativa, que hace ya cuatro años adquirió el estatus de muestra de fin de año en dicho espacio de arte y vida, convocó en esta ocasión a 45 autores cuyas obras se expusieron en las paredes de la galería de la planta baja.

Foto tomada por Liliana Navarro

Hacía exactamente una semana se había realizado, por tercera vez, la feria de obra original en formato pequeño bautizada por los fundadores del Serpa como “+ obra – poster”. Tanto en aquella jornada como en 35 x 50, los amigos, los conocidos y los absolutos desconocidos abarrotaron el espacio en diálogo permanente con las obras y los autores.

Foto tomada del facebook de El Serpa

La noche del 14 tenía programado ir a un recital en zona sur, por lo cual mi visita al querido Serpa iba a ser más bien breve. Llegué alrededor de las nueve de la noche, a tiempo para saludar a mis amigos serpianos y para hacer un recorrido fugaz, pero no por ello menos placentero, por las salas de la muestra.

Foto tomada del facebook de El Serpa

Allí estaban, realizados alternativamente con óleo, acrílico, acuarela y técnicas variadas, los retratos, a menudo enigmáticos, de Osvaldo Chiavazza, Juan Manuel Barrientos, Lula Mari, Pablo Zweig y Belén Fernández; las exploraciones anatómicas de Fernando O’Connor y Mauro Vento; los viajes y encuentro oníricos, mitológicos y simbolistas de Nicolás Guardiola, Lucas Pertile, Matías Cosentino, Pedro Giunta, Héctor Nichea, Diego Bastos y Mario Calvo; las representaciones del pugilismo y la lucha por parte de Leandro Gutiérrez

Foto tomada del facebook de El Serpa

y Andrés Mendilaharzu; las caracterizaciones humanas según las particulares interpretaciones de Mariano Vior y Damián Crubellati; los paisajes, entre el realismo y la magia, de Germán Wendel, Julio Lavallén, José Eidelman, Ricardo Ajler y Mariano Solari; las estupendas variaciones sobre la naturaleza de Mariano Perarnau y Martina Zavalla; las soberbias imágenes fantasmales de Sebastián Dufour; entre otras composiciones que, desde la diferencia en sus técnicas y estilos, contribuyeron a una muestra equilibrada, como si el vaivén entre una obra y otra fuera conducido por una melodía.

Foto tomada del facebook de El Serpa

En definitiva, múltiples artistas expresándose de modos muy personales, amigos del arte figurativo pero ajenos a la mera imitación. En esta versión de 35 x 50, las obras constituyeron un mosaico armónico pero enemigo de la monotonía, difícil de catalogar si ése fuera el objetivo de quien escribe. Y tal no es, vale aclarar, mi objetivo. La mirada es mi única intención, y el compartir mi sola excusa. De eso se trató mi emocionado brindis de fin de año con mis amigos del Serpa.

35 x 50 – 2013
Desde el sábado 14 de diciembre de 2013 hasta marzo de 2014
EL SERPA espacio de arte – Pringles 1488
Palermo
Entrada libre y gratuita

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Pez coraza, muestra de pintura de Leandro Gutiérrez (El Serpa, octubre 2013)

A través de las escamas puedo respirar el sol
Francisco Bochatón

Pasado un año de la muestra del buzo Miguel, con óleos de mi amigo Leandro Gutiérrez y textos de mi autoría, se hizo arte el principio futbolístico según el cual equipo que gana no se toca, y así el 18 de octubre de 2013 se inauguró en el Serpa la nueva muestra de la dupla ofensiva, titulada esta vez “Pez coraza”.

Como si de un encuentro en pasado, presente y futuro se tratara, las pinturas de Leandro retomaban mucho del buzo Miguel, a quien el pez había conocido en una acuarela y había sabido de su vulnerabilidad, de su exploración permanente y de su armadura. Se había sentido identificado, seguramente, pero en su mirada tomó distancia y esa distancia se hizo carrera para reemprender el nado, sin rumbo pero con determinación. El recorrido se plasmó en un conjunto de óleos sobre tela compuestos con colores fuertes y pinceladas espesas, en cuyo centro estaba el pez coraza, viajante de la superficie que hizo de su nado vuelo, sin que sus aletas hubieran devenido alas. Incrustándose en las pinturas, el texto nacido menos de mi pluma que del oxígeno hizo Verbo a aquel “pez coraza que respira a través de su ilusión, que sueña a través de su incomprensible incapacidad para querer, que quiere, sin saber a dónde -o a quién- dirigir su querer”.

En palabras de mi amiga dibujante Eiti Leda: Como si se tratase de un buen LP, el pez coraza es el enérgico Lado B del buzo Miguel. La paleta cromática es vibrante, pinceladas cortas en tonos predominantemente dorados y carmesíes se funden de modo armonioso para (des)dibujar una y otra vez un paisaje que tiene tanto de marítimo como de onírico.

Creo que allí radica la singularidad de la obra: mientras que el buzo se sumerge en su interior -interrogándose e interpelándonos desde el lienzo- el pez refleja en sus escamas un cúmulo de imágenes, evocaciones y recuerdos que arropan cálidamente al espectador. Como si en sus entrañas se escondiesen las respuestas a las preguntas aún no formuladas.

La colgada de cuadros la realizamos durante la semana con ayuda de los otros amigos serpianos. Llegado el viernes, sólo restaba colocar el texto en el correspondiente panel de la galería. Nos tomamos nuestro tiempo y la bebida de nuestros vasos, y a minutos de la apertura de la muestra, un amigo del Serpa que había arribado hacía apenas un momento suplió mi impericia técnica y colocó junto a Leandro el afiche con el texto en el panel. Pudimos brindar nuevamente, serpianos y amigos, por la muestra ya dispuesta. Cuando el reloj marcó las 19:30, la exposición se dio por inaugurada.

Las personas afluían al Serpa venidas de los más diversos puntos de la capital y alrededores, adictas al barniz y a la trementina, y se mezclaban con los creadores del lugar. Allí lo veía a Luis Barros, miembro del taller de historieta que dicta Claudio Ramírez en el Serpa, deambulando vaso en mano con su característica mirada de cazador astuto. El querido Matías Matuco Cosentino, serpiano punk-rocker que descansaba en el sillón dispuesto junto a una de las paredes de la galería y me habilitaba un espacio para huir momentáneamente de la congestión demográfica de la sala. El músico Adrián Outeda, inconfundible voz de Satan Dealers y de la historia del rock local que arribaba con un brebaje a cuyo cuidado me encomendó. Nico Guardiola, el serpiano hacedor de historias que de a ratos, y a paso acelerado, atravesaba la galería con la mirada levantada, como procurando mantener un control mágico y visual sobre los feligreses del santuario. Juan Manuel Barrientos, el barbudo serpiano que, cual filósofo de los tiempos antiguos, reunía iniciados a su alrededor en conversaciones que combinaban toda clase de cuestionamientos a las convenciones estéticas contemporáneas. Y desde luego, Leandro Gutiérrez compartiendo su creación con el público y con aquella otra creación que no es esta vez el óleo sino la sangre, el pequeño Benicio.

Llegado el momento musical, se apagaron las luces de las lámparas dicroicas, unas velas encendidas en el piso invocaron a los devas de la India antigua y Daniel Guzmán, músico amigo de Adrián, ofreció un conmovedor concierto en sitar, atravesando las obras y el texto como si imitara el movimiento nómada del pez coraza.

Entre visitas al patio y a la terraza, conversaciones con extraños, con amigos, con familia, fue acercándose la medianoche y dos amistades que llegaron de improviso me invitaron a comer unas pizzas. Me despedí de Leandro, agradeciéndole el haberme hecho parte nuevamente de su universo cromático y de este refugio que es el Serpa, y me fui.

En la pizzería me hicieron algunas preguntas sobre la muestra y, mientras las respondía, mil imágenes y sonidos me vinieron a la mente como un remolino. Acompañando el andar del pez coraza, creí sentir la voz de un poeta platense cuyas palabras, llegadas de otros días, atravesaron mis sienes como un agudo dolor de cabeza:

Quiero contarte no estoy solo
Porque quedaron las palabras.

Algún día eso también se habrá borrado, pensé. Pero desde algún tiempo lejano, recuerdo o esperanza, el trovador seguirá cantando:

A través de las escamas puedo respirar el sol.

PEZ CORAZA
MUESTRA DE PINTURA DE LEANDRO GUTIÉRREZ
Desde el viernes 18 de octubre hasta el martes 5 de noviembre de 2013
EL SERPA espacio de arte – Pringles 1488
Palermo
Entrada libre y gratuita

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El monaguillo orejón, relato pictórico de Nicolás Guardiola (Arquitecturas imaginarias, octubre 2013)

Por algún extraño motivo, aquella noche primaveral del sábado 26 de octubre de 2013, mientras me dirigía en bondi al barrio de Villa Ortúzar, se me cruzó por la mente la escena inaugural de la película Il Casanova, de Federico Fellini. Fue como si la presenciara mirando a través de la ventanilla: una gigantesca diosa del exceso y del erotismo se asomaba desde lo profundo de un canal veneciano en el marco de un carnaval, poco antes de que una monja invitara a Giacomo Casanova a abandonarse al placer en una isla cercana.

Los ojos de la diosa asomándose y su ambigua evocación de la protección y del peligro, de la germinación y de la muerte, me remitieron inmediatamente a algunas de las obras pictóricas de Nicolás Guardiola (artista del grupo Persistencia y cofundador de El Serpa), en particular a su exploración del ensueño a través de la representación de personajes y situaciones cargados de simbolismo –hombres que planean o saltan al vacío, cajones que esconden el tiempo, seres míticos en procesión, e incluso gigantes que emergen misteriosamente de las aguas–. Al igual que en las imágenes de Fellini, las pinturas de Guardiola parecen desafiar los límites entre lo consciente y lo inconsciente, entre la máscara y el rostro, pero también entre lo sacro y lo profano, lo alto y lo bajo, la culpa y el gozo. Este fue mi descubrimiento aquel sábado en la inauguración de la nueva muestra de Guardiola, “El monaguillo orejón”, que tuvo lugar en el espacio de arte Arquitecturas imaginarias.

No eran aún las nueve de la noche y yo caminaba por las veredas tímidamente iluminadas de Villa Ortúzar, tratando de encontrar el santuario de arte que me había convocado. Protegido por las sombras que arrojaban las ramas dispersas de un árbol, el portón negro de ingreso pareció querer disuadirme de aventurarme a lo desconocido, pero sin tiempo para dudar, la puerta de acceso se abrió y una mujer, sin siquiera saludar, pasó a mi lado y me dejó el camino libre. Entré.

A través de una galería no muy angosta pero estrechada por una barra adornada con botellas de hermosos colores y atendida por la gente de Baco A. C., llegué al punto enérgico del lugar. Allí se ensanchaba el espacio y comenzaba la exposición sobre “El monaguillo orejón”.

No comprendí del todo si quien me dio la bienvenida fue Guardiola, saludándome junto al atril que informaba el orden de la muestra, o Igor Rubishter, misterioso barbudo de gesto melancólico y severo que se dirigió a mí con palabras de turbadora gravedad: “Quien cultive el arte de la escucha desapegada podrá enterarse de todo aquello que no es”. Inquieto, incluso algo aturdido, no pude sino rememorar la respuesta de Dios a Moisés cuando éste le preguntó ingenuamente por su nombre: Soy El Que Soy. Igor continuó: “Dichoso aquel que sea capaz de experimentar lapsos de ser sin pensar”. Con estas palabras resonando en mi cabeza me sumergí de lleno en lo hondo de la muestra.

La estructura interna de la edificación, el mobiliario y la ambientación eran adecuado cobijo para tan santo sacrilegio: techo abovedado, arcos altos, columnas y paredes de un blanco impecable, aberturas de hierro con forma de arco ojival y rosetones; dos antiguos escritorios de madera maciza –sobre uno de ellos, el cuaderno de firmas con forma de tríptico creado para el evento–, una antigua salamandra y una vieja mesa ratona circular sobre la que reposaban varios vasos cargados de moscato sacerdotal de cortesía; un intrigante desnivel que conducía a un pequeño cuarto inaccesible para los asistentes, un entrepiso con una biblioteca, estampitas del monaguillo orejón distribuidas en distintos puntos de la sala, custodiadas por velas encendidas; y envolviendo toda aquella escena, el sonido de un órgano eclesial que parecía tocado por el espíritu invisible de un monje sabio o del mismísimo Vincent Price.

En las paredes de aquella capilla del arte prohibido, trece óleos en un mismo formato, ordenados cronológicamente y acompañados de sendos fragmentos de texto, contaban la historia del monaguillo orejón, joven acólito cuya primera revelación (“Una mañana, el monaguillo orejón escuchó”) se constituyó en fundamento de su apasionada huida del templo. Si atendemos a la máxima surrealista evocada por Guardiola a la hora de encarar el oficio creativo, sintetizada como “No busco, encuentro”, podemos comprender que dicha huida no supone tanto el comienzo de una búsqueda sino una etapa del encuentro.

El formato de la muestra –y de la obra como un todo– corresponde a lo que Guardiola define como un relato pictórico, esto es, una narración basada en la integración de texto e imagen que conduce menos a la explicitud que a la insinuación, menos a la temporalidad que a la introspección. Esta forma de narrar fue empleada también en su obra “El misterio del hombre rojo” (expuesta en El Serpa en julio de 2012 y publicada posteriormente como libro); en ambas –cada una centrada en un personaje distinto pero con historias no exentas de similitudes–, las escenas son compuestas con un estilo figurativo que hace uso de pinceladas fuertes pero a la vez tendientes a la definición precisa de las figuras, articuladas con palabras claras y sencillas que sin embargo evocan universos misteriosos e indefinibles.

Según me contó Guardiola luego de que hice mi primera recorrida por la muestra, la composición de esta serie difiere, no obstante, de la correspondiente a “El misterio del hombre rojo” en al menos dos aspectos. El primero tiene que ver con que los óleos de la serie del monaguillo, a diferencia de las pinturas de la serie del hombre rojo, tienen un mismo tamaño (50 x 50 centímetros). El segundo lo constituye el hecho de que “El monaguillo orejón” fue concebido desde un principio como un relato, y el orden cronológico de las pinturas se fue construyendo en el momento mismo de la creación. Como cuenta Guardiola en una sinopsis de la exposición, “cada cuadro dio motivo al que le sucede, y el conjunto en sí mismo fue la inspiración para el texto que lo acompaña”.

Esta forma de la creación tuvo clara repercusión, no sólo en la construcción del relato, sino también en el despliegue de los colores. Esto lo noté en particular cuando una joven editora que conversaba con el autor y otros presentes destacó el movimiento armónico de la paleta a lo largo de las obras. Los cambios sutiles parecían guiños de complicidad hacia el espectador, como una mano evanescente que mostraba un recorrido sin imponerlo, una voz guía que recitaba sin gritar: de los colores cálidos de la escucha, la huida y el horizonte por conquistar, a los pasteles, púrpuras y grisáceos de la incertidumbre, y a los rojos del dramatismo y del sacrificio. Finalmente, un cambio abrupto, radical, marcaba la erupción del joven desnudo, desde lo profundo del rojo de la lava purificadora, hacia el azul de un cielo claro pero salpicado de nubes, y hacia la tierra amarilla y el verde de la germinación.

De algún modo, me pareció intuir en aquel relato, como si de una película de Fellini se tratara, la presencia de lo sagrado y de lo profano como formas del tiempo, como partes de un todo cuyo equilibrio lo daba la disrupción. Y en ese misterioso juego, el ser desvestido de concepto era el desenlace de una primera contradicción en la que la escucha expresaba la voluntad última de desoír. El sacrificio, forma religiosa por excelencia, era la ofrenda en el altar de un infinito que conjuraba para siempre la religiosidad. La espiritualidad se reconciliaba con la naturaleza, la contemplación con el ser, y en el ciclo de Vida, Pasión, Muerte y Resurrección, el sentido se vaciaba de trascendencia y el tiempo se experimentaba en la inmanencia.

Mientras reflexionaba sobre ello y recorría –una y otra vez– la muestra, bebiendo de a sorbos el moscato sacerdotal de cortesía, veía entrar y circular a más y más asistentes, entre ellos los otros amigos artistas del Serpa. A menudo, luego de observar detenidamente las obras, se dirigían hacia el fondo de la edificación, donde un umbral con forma de arco ojival conectaba con un jardín vagamente iluminado, de tupida vegetación y decorado con unas instalaciones realizadas por el artista Faustino Canessa. Allí morían los acordes del órgano, la luz y la solemnidad de la muestra, y nacían el esparcimiento y la mundanidad, con un buffet muy concurrido, vasos cargados que pasaban de manos y se vaciaban a ritmos acelerados, conversaciones sacrílegas y sonrisas libertinas. Como en una película de Fellini, y como en las obras de Guardiola, los contrastes hechos experiencia.

La dueña del lugar, una mujer de cabello plateado y contagiosa vitalidad, iba y venía por el jardín y la sala con una sonrisa indeleble, y el fotógrafo contratado para el evento, al tiempo que buscaba a alguien que le convidara un cigarrillo, estaba a la caza de situaciones para inmortalizar con su cámara. Eran casi las once de la noche y en unos minutos tocaría Klauss, banda de música electrónica de la que había oído buenos comentarios. Pero yo tenía que partir. Me despedí del artífice de la muestra y me fui.

Mientras caminaba buscando la parada del 76, las manos en los bolsillos de mi pantalón de jean, hice un repaso mental por la exposición. Cualquiera que no la haya presenciado, pensé, podría preguntar quién es el monaguillo orejón, cuál es su nombre y cuál es su historia. La pregunta, finalmente, no tendría respuesta, porque se trata de la pregunta equivocada. Como Dios a Moisés, aquel que fue monaguillo contestaría: Soy El Que Soy.

Acaso la secuencia final del relato es la legítima pregunta. El joven nacido por segunda vez, el ave liberada de la cáscara, el misterio resguardado de la comprensión. Finalmente, la puerta a un universo de imposibilidades cuyo sonido sólo puede ser meditado a través de fugaces lapsos de ser sin pensar.

Y la respuesta a aquella pregunta no estará, acaso, en algún momento posterior del relato, sino en una escena anterior, cuando el monaguillo, con el agua hasta sus rodillas y dominado por la incertidumbre, ve la puerta varios metros sobre su cabeza, dispuesta sobre una pared pedregosa que se intuye imposible de escalar. El texto reza:

Tras el mar de niebla halló un muro tan alto como extenso. Su dimensión abarcaba los límites de su percepción.
En lo alto, una puerta, cuyo acceso era sólo para aquellos que podían destruir su idea del mundo.

He aquí la inmensidad del universo visual y poético en el que nos introduce Guardiola. He aquí la osadía de sus saltos al vacío.

EL MONAGUILLO OREJÓN
RELATO PICTÓRICO DE NICOLÁS GUARDIOLA
Desde el sábado 26 de octubre hasta el jueves 7 de noviembre de 2013
Arquitecturas imaginarias. Espacio dedicado a la experimentación en el arte
Villa Ortúzar
Entrada libre y gratuita

Nicolás Guardiola: sitio web
Arquitecturas imaginarias: blog

Las fotos de la noche de la inauguración fueron tomadas por Alejo Amal Gama. Las imágenes de obras individuales fueron tomadas del facebook de Nicolás Guardiola

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Damián Crubellati. Obras plásticas (El Serpa, septiembre 2013)

“Se podría decir que una parte del arte establecido de hoy pide tanto al espectador, como aquellas primeras vanguardias, y da tan poco como la academia contra la que ellas reaccionaban”.

Con estas palabras, Damián Crubellati explicita el carácter de cruzada de su obra, una síntesis de la cual fue expuesta en el querido Serpa de la calle Pringles.

La muestra tuvo su momento de inauguración la tarde del viernes 20 de septiembre, víspera de aquella estación que tanto tiene que ver con la creación. No fui parte del numeroso público que asistió a dicha jornada, pero pude acercarme el miércoles siguiente, con unas papitas fritas y un varietal blanco para compartir con mis amigos del Serpa y acompañar la experiencia de la exposición.

Nico Guardiola estaba pintando uno de los óleos de la serie del monaguillo orejón, próxima a exhibirse en el espacio de arte Arquitecturas Imaginarias, y Leandro Gutiérrez interpretaba en un lienzo uno de los momentos que componen la historia del pez coraza, que se inauguraría el viernes 18 de octubre en el Serpa, acompañada de un breve texto de mi autoría.

En la galería de la planta baja, las obras de Damián Crubellati, realizadas entre 1992 y 2013, revelaban versatilidad en el empleo de distintas técnicas, materiales y artes: una escultura en piedra y dos en madera (una de ellas, evocando quizás al mal llamado “suplicante” del NOA, término colonizador que fue a su vez colonizado por el artista, acaso transformando el rezo vanidosamente destruido en un pedido de perdón), óleos y acrílicos sobre lienzo y sobre arpillera, lápices, tintas, acuarelas, témperas y, si acaso eso fuera insuficiente, collage y temple.

Los cuadros dispuestos en las paredes parecían ordenados según temáticas más o menos reconocibles: retratos, naturalezas muertas, paisajes, situaciones de la vida (viajes en colectivo, fútbol, baile, muerte). Finalmente, palabras; en unas mayúsculas de imprenta que parecían representar un grito, un manifiesto cargado de franqueza.

“Lo que [en el período de las primeras vanguardias] era un elemento de ruptura contra un arte fácil, decadente y falto de ‘verdades artísticas’, aparece hoy como condimento de ideas-obras superficiales, casi decorativas, por lo anodinas”.

Esta denuncia de la vacuidad conformista del arte moderno (o de la pos-posmodernidad que define al statu quo artístico-empresarial contemporáneo) está encarnada a su vez en la propia obra del artista, carente de presunciones y completa de exploración técnica y de claridad en la transmisión, no por eso escasa de sugestión. Este interés se resume en otra de sus afirmaciones, cuando señala que “en la educación del arte, estructuralmente se potencia la idea de la obra y sus razones”, en detrimento de aquello que para Crubellati es central, esto es, “los modos del trabajo” (el oficio).

* * *

Además de observar con atención la obra de Crubellati, aquella tarde la pasé conversando con los serpianos en el atelier de la planta alta. A medida que iba bajando el sol, llegarían Juan Manuel Barrientos, con quien dialogamos sobre el concepto de “lo real”, y luego uno tras otro diversos colegas y alumnos (en rigor, artistas en proceso de iniciación) del Serpa, haciendo del atelier y la terraza un claro síntoma de vida y actividad, de creación y de oficio.

Leandro había impreso unos números de la revista anarquista de arte La campana de palo, digitalizados por el Grupo BAEL de la Federación Libertaria Argentina, y así, mientras los artistas plásticos creaban, yo pude leer uno de los “consejos a un alumno” redactados por el músico Juan Carlos Paz en un número del año 1925: “No hagas como muchos músicos modernos, que más que preocuparles la verdad de lo que dicen, procuran, como los charlatanes de feria, dar brillo a su discurso, para así atraerse clientela”. Casi noventa años más tarde, la muestra de Crubellati y la labor persistente del Serpa parecen hacer carne (y pintura) aquella misma exhortación.

DAMIÁN CRUBELLATI – OBRAS PLÁSTICAS
Desde el viernes 20 de septiembre hasta el martes 15 de octubre de 2013
EL SERPA espacio de arte – Pringles 1488
Palermo
Entrada libre y gratuita

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Las fotos reproducidas en esta entrada fueron tomadas del facebook del Serpa

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Fuego. Juan Manuel Barrientos (El Serpa, agosto 2013)

¡De esta deuda, oh Agni, podré liberarme!
Taittirîya-Samhitâ III 3, 8, 1

Leyendo algunos libros y fotocopias para una materia de la facultad, me topé con ciertos pormenores de los rituales religiosos de la India antigua y, en particular, de los textos védicos que se expiden sobre ellos. De particular relevancia me pareció cierta percepción respecto de la persona como deuda para con Yama, el dios de la muerte. El hombre y la mujer como deudores por nacimiento.

Un estudioso de los textos védicos resume de un modo interesante este problema:

“El hombre es mortal en tanto deudor de Yama. Un medio simple de liberarse de la deuda sería morir. Pero existe otro: ofrecer sacrificios con ayuda de Agni, dios del fuego. El pago se extiende a la vida toda, pues no se cesa de ofrecer sacrificios” (Charles Malamoud, “La fatalidad de La Boetié y las teorías de la India antigua sobre la naturaleza de la sociedad”).

Mediante la alianza con Agni, entonces, el hombre puede ofrecer los sacrificios que le permitirán hacer frente a la deuda con Yama.

Creo –aunque puedo equivocarme– que la muestra de Juan Manuel Barrientos, titulada “Fuego” e inaugurada el viernes 2 de agosto en El Serpa, evoca algo de este sacrificio.

Llegué temprano a la casa de vida y arte de Pringles 1488, previo tomar un café con un tostado mixto en un boliche de avenida Córdoba. Me dieron la bienvenida los cuatro serpianos del Apocalipsis: Nico Guardiola, Leandro Gutiérrez, Matuco Cosentino y el artífice de la muestra, Juan Manuel Barrientos. Entre personas conocidas y no tanto que iban y venían, entraban y salían, pude conversar con el doppelgänger de Matuco, el señor Mariano Cosentino, amigo, ilustrador y miembro del taller de dibujo de Claudio Ramírez (que se reúne los sábados en el Serpa). Como es acostumbrado, las charlas con Mariano se concentraron en dos temas fundamentales: música e historieta.

Compartiendo alguna pequeña empanada, algún pincho misterioso y algún líquido para humedecer los labios, conversamos también con los serpianos, con Pame Hoffmann y el Gonza Linares (cuya muestra colectiva había precedido a la de Juan), y con Jorge Montoya (integrante del taller de pintura de Héctor Meana), quien dio una clase magistral sobre combinaciones excéntricas de bebidas y comidas regionales.

Pero el elemento articulador de aquella jornada fue la obra de Juan, el fuego del sacrificio, aquel que reúne a los miembros de la tribu y los compromete en una unidad. Óleos sobre tela y sobre madera, en distintos tamaños y formatos, explorando distintas posibilidades estéticas de modo de constituirse en un gran atentado contra la idea del estilo. En cierto modo, una condensación del pasado y del presente del creador, una retrospectiva nacida del momento presente, pero sostenida con base en la idea del recorrido, del camino. Y en todo ello, en toda figura, en toda desfigura, en los fondos que son personajes y en los personajes que son paisaje, el fuego. Llamas naciendo de cabezas, chispas en el aire, incendios y alusiones.

No sé si aquella noche, cuando me despedí y rajé a tomarme el bondi para llegar al recital de Mal Momento en el Salón Pueyrredon, asocié aquella muestra con algo más que con las ruinas circulares descritas por Borges (“Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego”) o con cierta línea en la que Hermann de Malmo anuncia el fuego avanzando por la calle.

Sí sé que me perturbó, a los pocos días, rememorar la muestra de Juan a la luz de los textos sobre India que había leído para la facultad y que me tocaba ahora repasar.

Los sacrificios con la ayuda de Agni, el dios del fuego, no son verdaderamente liberadores de la deuda con Yama, el dios de la muerte, pues –precisa Malamoud– el final del recorrido sigue siendo la muerte. Sin embargo, advierte el autor, “esta muerte no es una nadificación total, desemboca en una suerte de inmortalidad o al menos en una especie de sobrevida”.

¿Qué otra cosa es, en este punto, la obra, la creación, el fuego purificador de las paredes del Serpa, sino este continuo sacrificio que posterga la deuda con la muerte? ¿Qué es sino aquello que, si bien no conjura la muerte como destino final, asegura una especie de sobrevida o, acaso, una forma de la inmortalidad?

FUEGO
JUAN MANUEL BARRIENTOS
Desde el viernes 2 hasta el jueves 29 de agosto de 2013
EL SERPA espacio de arte – Pringles 1488
Palermo
Entrada libre y gratuita

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Inicios. Muestra colectiva de pintura: Pamela Hoffmann, Gonzalo Linares, Jimena Varela (El Serpa, julio 2013)

Recuerdo una muestra que tuvo lugar en el Serpa en junio de 2011, cuando este querido espacio de arte estaba ubicado en el barrio de Villa Crespo. Se habían expuesto las pinturas de los alumnos con que contaba el Serpa en aquel entonces. Recuerdo haber ido a la inauguración una noche de clima templado y agradable que había sucedido a días de frío y de precipitaciones de ceniza volcánica. Y recuerdo haber experimentado una sana recarga de energía, como si la vitalidad transmitida mediante las obras se hubiera constituido en un verdadero alimento, no para el alma como diría un escritor de libros de autoayuda, sino para el cuerpo y para la inteligencia.

El concepto de aquella muestra había sido hermosamente explicitado en el texto que el grupo Persistencia (los cuatro jinetes del Serpa) había elaborado para la muestra: “Todos somos potenciales maestros y aprendices a la vez. ¿Acaso alguien se siente de un solo lado?”.

Dos años después, me encontré en la casa de vida de Pringles y Gorriti con una nueva muestra en el Serpa, titulada “Inicios” y a cargo, esta vez, de tres artistas, dos de ellos partícipes de aquella exposición de junio de 2011 (Jimena Varela y Gonzalo Linares) y la tercera, asidua colaboradora del espacio desde los tiempos de Villa Crespo (Pamela Hoffmann).

Falté a la noche de la inauguración, muy a mi pesar, pero no perdí ocasión de pegarme una vuelta por el Serpa antes de que culminara la exhibición, para compartir un trago con mis amigos serpianos y hacerme partícipe de la muestra.

Los óleos de Jimena remiten bastante notoriamente al dramatismo de las primeras obras de su gurú artístico, el serpiano Juan Manuel Barrientos, acaso con una mayor preocupación por la definición de las figuras y por cierta oxigenación (si se me permite el término) a través de la amplitud de los espacios y de la claridad de la iluminación. Como si coqueteara con los estilos más clásicos de la pintura, como cuando Renoir se abstraía de toda posible clasificación (menos por subversivo que por amante de lo que hacía, integrando al impresionismo todo aquello que del realismo o del clasicismo le interesaba), Jimena imprime a sus escenas de luminosidad una carga inconmensurable de tristeza, a sus personajes los inyecta de soledad, a sus paisajes verdes y arbolados los somete a la devastación, y a los momentos de la vida los condena a una angustiante inmovilidad, apelando en todo momento a aquellas herramientas que mejor se adaptan a la consecución del efecto deseado.

Gonzalo (mejor conocido como el Gonza), por su parte, parece jugar más con la explicitud de las pinceladas, con ese pícaro mostrarse del artista a través de las huellas deliberadas de su propio instrumento de trabajo. Este principio le da una vitalidad invaluable a su obra. Si en Jimena predomina la luminosidad, los óleos del Gonza se construyen desde lo oscuro, con jugadas composiciones en colores fuertes, como aquellas maravillosas estrellas que guían en lo profundo de la noche, o la carrera de ciclismo cuyo nombre (“Fuerza”) parece describir la sustancia de la obra, o incluso ese globo aerostático color bermellón que evoca hermosamente lo que está “ahí, ahora”.

Evitando el óleo (salvo por una de sus obras expuestas, no casualmente la única que podemos caracterizar como oscura –al menos, en una primera mirada-), Pame Hoffmann recurre al acrílico para realizar unas pinturas muy personales, acaso naif, con personajes muy característicos de grandes ojos y boca pequeña, de mirada triste o acaso inexpresiva (he aquí la oscuridad que, quizás, está presente en su obra después de todo), los contornos perfectamente definidos, las sombras ligeramente insinuadas y los colores bien diferenciados pero algo apagados. Como cierre de la muestra, además, una pequeña escultura de conejos con grandes ojos reproduce, en cierto modo, el espíritu de sus acrílicos. En suma, una obra honesta, sensible, cargada de personalidad, o como dijera una amiga, la creación de una verdadera rock star.

Charlando con amigos serpianos el día que fui a ver la muestra, mientras ellos pintaban en sus respectivos lugares de trabajo y yo aprendía observando, surgieron algunos nombres de grandes artistas de todos los tiempos. Todos ellos, aprendices y maestros a la vez. En un sector del atelier, una aprendiz del Serpa pintaba con libertad, recibiendo palabras de recomendación del serpiano Leandro London Gutiérrez, y cuando llegó el Gonza Linares, buscó un lugar para poner a punto un lienzo, mientras Juan Manuel y Nico Guardiola seguían cada uno trabajando en su respectiva obra, compartiendo mutuamente apreciaciones.

Quizás no sea casual, pienso recordando aquel momento, que la exposición haya sido definida, no como muestra de alumnos o ex alumnos, sino como “muestra colectiva de pintura”, que expresa los “inicios” de un grupo de artistas que “dan a conocer sus intrigas por primera vez”. Es que si abrazamos las palabras del escritor Émile Armand, seremos suspicaces respecto del término “educación”, y creeremos en la “iniciación”, entendida (como sintetizaba Stefano Ferrario) como “un desvelarse de la realidad, una invitación al aprendizaje, que es continuado sólo por voluntad de quien escucha”, y que implica, claro, un vínculo de reciprocidad antes que una imposición unidireccional.

Se trata, en última instancia, del “principio de una sucesión de inicios” (como reza el texto escrito para la muestra), de preguntas cuyas respuestas residen precisamente en el hecho de no ser manifestadas. Y es aquí donde no puedo dejar de remitir a esa sensación que experimenté y compartí aquel junio de 2011: que todos los que nos expresamos a través de formas artísticas, somos discípulos del arte, maestros y aprendices igualmente presos de la necesidad, acaso de la condición de humanidad.

Artistas iniciados, en permanente proceso de iniciación. Simplemente eso, el Serpa.

Mientras haya vida y humildad habrá necesidad de que la pintura sea un inicio hasta las últimas consecuencias.

INICIOS. MUESTRA COLECTIVA DE PINTURA.
PAMELA HOFFMANN, GONZALO LINARES, JIMENA VARELA
Desde el viernes 12 hasta el martes 30 de julio de 2013
EL SERPA espacio de arte – Pringles 1488
Palermo
Entrada libre y gratuita

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Las fotos reproducidas en esta entrada fueron tomadas por Nicolás Mendoza

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